Me desperté 4:30 am para hacer pis. Normal, hacía pis tantas veces por noche que había desarrollado una técnica en donde le embocaba al inodoro casi sin abrir los ojos para no despabilarme. De pronto: un dolor. Las embarazadas tenemos miles de dolores diferentes, algunos se repiten en el tiempo y otros son únicos. Éste era, por lo menos, un dolor nuevo.
En mi somnolencia me dediqué a esperar unos minutos. De nuevo el dolor. Justo como me lo habían descripto: un dolor como de ovarios pero con principio, nudo y desenlace (¡como los cuentos!). Al segundo o tercero de estos (eran sospechosamente seguidos), lo desperté a mi marido.
"Tengo un dolor nuevo... me parece que son contracciones" le dije y me miró con cara de si-no-sabés-vos-yo-menos. Mi marido peló teléfono y rápidamente abrió la aplicación específicamente creada para contar contracciones (usar un reloj ya no va más) y cada vez que empezaba una contracción me preguntaba "¡¿otra?!" con cara de sorpresa y yo asumí que estarían siendo muy seguidas. A la contracción número 20 le dije que dejara el teléfono porque se lo iba a arrojar por la ventana y que me prestara atención, que no sabía lo que me estaba pasando pero era doloroso y raro.
Desde las 5 am tuve contracciones cada 5 minutos. Yo no lo sabía, pero mi marido sí gracias a la App. Las contracciones tan seguidas son algo desequilibrante, no te dejan pensar. Solo podés respirar e intentar pasar de una contracción a la otra sin desesperar en el intento. Lo de bañarte, lo de hacer el bolso con tranquilidad, son todas patrañas. Esperamos una hora porque así lo decían mis apuntes del curso pre-parto y mientras tanto mi querido marido se dedicó a hacerme el bolso y a hacer básicamente cualquier cosa, porque yo solo podía respirar y descansar unos minutos en el entre-tiempo.
Él me eligió la ropa (y es por eso que fui vestida toda de verde, al menos combinaba entre sí) y me hizo vestir también. Yo estaba, digamos, un poquito reticente a ir al hospital. Hubiera preferido quedarme en la cama sufriendo mi dolor en paz. Cuando nos subimos al auto a las 6 am y salimos para el hospital todo parecía una película. Algo irreal: ¿yo yendo a tener un bebe? No puede ser. Mi cerebro estaba convencido que era una falsa alarma y nos iban a mandar de vuelta.
Nos mandaron de vuelta, efectivamente, pero después de monitorear al bebé durante media hora y comprobar que sí, (también efectivamente) yo estaba de parto. De esa media hora recuerdo el reloj de Urgencias y cómo las agujas fueron de las 7 a las 7 y media. Dilatación: 1 centímetro. El ginecólogo me dijo "si tuviera que apostar algo, diría que volvéis a la tarde". Habría ganado algo.
Camino a casa había mucho tránsito y yo me imaginé teniendo al bebé en pleno atasco, al mejor estilo "Autopista del Sur". Por suerte, no sucedió. Pero, déjenme decirles que las contracciones arriba de un vehículo en movimiento son lo peor. No sé si es que te desconcentra o que te samarrea, o qué, solo sé que yo miraba el reloj del auto pasar sus minutos analógicos y agradecía que mi casa quedara tan cerca del hospital.
Ya en casa, hubo que pasar el tiempo... Iba de la cama al living, como Charlie García pero menos musical. Me sentaba, me acostaba, me paraba, hasta me arrojé arriba de mi pelota terapéutica. Hay una foto infame del momento que no deseo compartir con mis lectoras. ¿Lo mejor que pude haber aprendido? La respiración. De yoga, pilates, curso pre-parto, o lo que sea... Lo importante es respirar profundo y exhalar lento. Yo contaba en mi mente, cada contracción duraba hasta que llegaba a 60. 60 "cintis" porque no es una medida de tiempo real.
A las 2 pm decidimos volver al hospital. Esta vez había otras embarazadas en la sala de espera, algunas con más urgencia que otras. En un momento se me fueron las contracciones y pensé "¡Chan!" pero fue el susto que tenía nomás, porque enseguida volvieron. Creo que nunca se fueron realmente.
Me esperaba otra monitorización de media hora pero se quedó trunca porque, a los 10 minutos, el latido del corazón de Bebito (que venía siendo fuerte y rápido) empezó a hacerse cada vez más lento. Tu-tuc...tu-tuc......tu...tuc... Aparecieron médicos y enfermeras y se desató una actividad frenética. Una me sacaba la ropa "¿Cuáles son tus zapatos?", otro me ponía una vía (yo pensaba "No me estoy desmayando, ¡bien Cinti!"). Mientras empujaban mi camilla a toda velocidad por el pasillo, llegué a estirar el cuello lo suficiente como para ver que mi marido me veía desde la sala de espera.
Luces en el techo, una tras otra, ascensor (me di cuenta de la urgencia cuando sacamos a otra gente del ascensor para usarlo nosotros), sala de parto (que me sorprendió por ser una agradable habitación con una ventana enorme). Cuando lograron que las pulsaciones de Bebito subieran hasta lo normal (se escuchaban a todo volumen, así que yo también las oía), los médicos se empezaron a ir y volvió mi querido esposo con cara de susto.
Ya estaba ahí, me había saltado olímpicamente el pre-parto y las salas de dilatación. Bebito ya estaba monitoreado por fuera y por dentro, y la matrona me había roto la bolsa. "Meconio ++" diría más tarde el informe. En criollo, que Bebito se había hecho caca adentro de la panza. Se me vino a la mente mi médico nazi diciendo "Si se rompe la bolsa, como máximo 24 horas". Pero no fue hasta que mi marido dijo "El 21 también me parece un lindo día para nacer" que me di cuenta de lo que iba a pasar: ese día iba a nacer Bebito, sí o sí. No había vuelta atrás.
En mi somnolencia me dediqué a esperar unos minutos. De nuevo el dolor. Justo como me lo habían descripto: un dolor como de ovarios pero con principio, nudo y desenlace (¡como los cuentos!). Al segundo o tercero de estos (eran sospechosamente seguidos), lo desperté a mi marido.
"Tengo un dolor nuevo... me parece que son contracciones" le dije y me miró con cara de si-no-sabés-vos-yo-menos. Mi marido peló teléfono y rápidamente abrió la aplicación específicamente creada para contar contracciones (usar un reloj ya no va más) y cada vez que empezaba una contracción me preguntaba "¡¿otra?!" con cara de sorpresa y yo asumí que estarían siendo muy seguidas. A la contracción número 20 le dije que dejara el teléfono porque se lo iba a arrojar por la ventana y que me prestara atención, que no sabía lo que me estaba pasando pero era doloroso y raro.
Desde las 5 am tuve contracciones cada 5 minutos. Yo no lo sabía, pero mi marido sí gracias a la App. Las contracciones tan seguidas son algo desequilibrante, no te dejan pensar. Solo podés respirar e intentar pasar de una contracción a la otra sin desesperar en el intento. Lo de bañarte, lo de hacer el bolso con tranquilidad, son todas patrañas. Esperamos una hora porque así lo decían mis apuntes del curso pre-parto y mientras tanto mi querido marido se dedicó a hacerme el bolso y a hacer básicamente cualquier cosa, porque yo solo podía respirar y descansar unos minutos en el entre-tiempo.
Él me eligió la ropa (y es por eso que fui vestida toda de verde, al menos combinaba entre sí) y me hizo vestir también. Yo estaba, digamos, un poquito reticente a ir al hospital. Hubiera preferido quedarme en la cama sufriendo mi dolor en paz. Cuando nos subimos al auto a las 6 am y salimos para el hospital todo parecía una película. Algo irreal: ¿yo yendo a tener un bebe? No puede ser. Mi cerebro estaba convencido que era una falsa alarma y nos iban a mandar de vuelta.
Nos mandaron de vuelta, efectivamente, pero después de monitorear al bebé durante media hora y comprobar que sí, (también efectivamente) yo estaba de parto. De esa media hora recuerdo el reloj de Urgencias y cómo las agujas fueron de las 7 a las 7 y media. Dilatación: 1 centímetro. El ginecólogo me dijo "si tuviera que apostar algo, diría que volvéis a la tarde". Habría ganado algo.
Camino a casa había mucho tránsito y yo me imaginé teniendo al bebé en pleno atasco, al mejor estilo "Autopista del Sur". Por suerte, no sucedió. Pero, déjenme decirles que las contracciones arriba de un vehículo en movimiento son lo peor. No sé si es que te desconcentra o que te samarrea, o qué, solo sé que yo miraba el reloj del auto pasar sus minutos analógicos y agradecía que mi casa quedara tan cerca del hospital.
Ya en casa, hubo que pasar el tiempo... Iba de la cama al living, como Charlie García pero menos musical. Me sentaba, me acostaba, me paraba, hasta me arrojé arriba de mi pelota terapéutica. Hay una foto infame del momento que no deseo compartir con mis lectoras. ¿Lo mejor que pude haber aprendido? La respiración. De yoga, pilates, curso pre-parto, o lo que sea... Lo importante es respirar profundo y exhalar lento. Yo contaba en mi mente, cada contracción duraba hasta que llegaba a 60. 60 "cintis" porque no es una medida de tiempo real.
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A las 2 pm decidimos volver al hospital. Esta vez había otras embarazadas en la sala de espera, algunas con más urgencia que otras. En un momento se me fueron las contracciones y pensé "¡Chan!" pero fue el susto que tenía nomás, porque enseguida volvieron. Creo que nunca se fueron realmente.
Me esperaba otra monitorización de media hora pero se quedó trunca porque, a los 10 minutos, el latido del corazón de Bebito (que venía siendo fuerte y rápido) empezó a hacerse cada vez más lento. Tu-tuc...tu-tuc......tu...tuc... Aparecieron médicos y enfermeras y se desató una actividad frenética. Una me sacaba la ropa "¿Cuáles son tus zapatos?", otro me ponía una vía (yo pensaba "No me estoy desmayando, ¡bien Cinti!"). Mientras empujaban mi camilla a toda velocidad por el pasillo, llegué a estirar el cuello lo suficiente como para ver que mi marido me veía desde la sala de espera.
Luces en el techo, una tras otra, ascensor (me di cuenta de la urgencia cuando sacamos a otra gente del ascensor para usarlo nosotros), sala de parto (que me sorprendió por ser una agradable habitación con una ventana enorme). Cuando lograron que las pulsaciones de Bebito subieran hasta lo normal (se escuchaban a todo volumen, así que yo también las oía), los médicos se empezaron a ir y volvió mi querido esposo con cara de susto.
Ya estaba ahí, me había saltado olímpicamente el pre-parto y las salas de dilatación. Bebito ya estaba monitoreado por fuera y por dentro, y la matrona me había roto la bolsa. "Meconio ++" diría más tarde el informe. En criollo, que Bebito se había hecho caca adentro de la panza. Se me vino a la mente mi médico nazi diciendo "Si se rompe la bolsa, como máximo 24 horas". Pero no fue hasta que mi marido dijo "El 21 también me parece un lindo día para nacer" que me di cuenta de lo que iba a pasar: ese día iba a nacer Bebito, sí o sí. No había vuelta atrás.
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Del que sería el día más largo de mi vida, recuerdo solo algunas horas: de las 7 a las 7:30 am de la primera monitorización; las 2 pm que decidimos volver al hospital; las 5:30 pm, hora en la que me iba a hacer efecto la epidural; las 9:27 pm cuando nació Bebito y el reloj acercándose a las 10 pm mientras me reconstruían mis zonas íntimas. Todas las demás horas se sucedieron sin números y las leería mucho después en el informe de alta del hospital.
En algún momento de la tarde, alguna de mis miles de enfermeras me preguntó si quería la epidural, a lo que respondí rápidamente "Sí, quiero" (traer a un bebé al mundo con más o menos dolor no es relevante, no es una competencia sobre qué embarazada sufre más; lo importante es dejar todo de una para que salga lo mejor posible). El tiempo se alargó un poco mientras esperábamos, primero el papel que hay que firmar (donde explica los posibles riesgos) y luego a la anestesista.
La epidural no duele. Duele quedarse quieta con contracciones, pero es solo un minuto. La anestesista me explicó que tal vez hacía más efecto de un lado que del otro, que eso se podía corregir, y luego dijo "Tarda 20 minutos en hacer efecto. Son las 5, a las 5:30 vas a estar genial". El siguiente rato me dediqué a preguntarle a mi marido qué hora era... y él me lo estiró lo más posible. Según su relato, la epidural hizo efecto a las 7:45 pm después de dos dosis más, y solo duró un ratito. Según mi relato, nunca llegó a hacer efecto del todo.
La epidural no duele. Duele quedarse quieta con contracciones, pero es solo un minuto. La anestesista me explicó que tal vez hacía más efecto de un lado que del otro, que eso se podía corregir, y luego dijo "Tarda 20 minutos en hacer efecto. Son las 5, a las 5:30 vas a estar genial". El siguiente rato me dediqué a preguntarle a mi marido qué hora era... y él me lo estiró lo más posible. Según su relato, la epidural hizo efecto a las 7:45 pm después de dos dosis más, y solo duró un ratito. Según mi relato, nunca llegó a hacer efecto del todo.
Las contracciones se sucedían cada 2 minutos y empezaron a entrelazarse. "¿What?" estarán pensando mis lectores con conocimientos médicos y de inglés... Les explico: mi marido veía el monitor de contracciones (vaya a saber uno cómo se llama en realidad) y este aparato producía un papelito como los sismógrafos. Cuando había una contracción, la raya subía marcando un pico, luego bajaba y en la siguiente contracción volvía a subir. Mis contracciones entrelazadas (como se me ocurrió llamarlas) eran picos que nunca bajaban, se unía un pico con otro pero no había descanso entremedio. Esas eran bravas.
Estaba tan concentrada en respirar que ni siquiera prestaba atención al paso de las horas. Cuando mi marido me dijo que le dolían las piernas, le pregunté muy frescamente por qué. "Llevo 10 horas parado..." me dijo como pidiendo disculpas. Él también había visto las miles de películas sobre embarazadas que enloquecen en las salas de parto y mandan a su marido, a toda la raza humana en general y a la Biblia en la parte que dice "parirás con dolor", a freír churros. Y ahí me di cuenta: pasaban muchas horas.
El atardecer por la ventana me sorprendió, pensé "Bebito va a nacer de noche" como si se tratara de algún rito oculto y por un brevísimo momento me asusté. Después vino otra contracción y volví al momento: respirar, mi marido, médicos y vuelta a empezar.
Estaba tan concentrada en respirar que ni siquiera prestaba atención al paso de las horas. Cuando mi marido me dijo que le dolían las piernas, le pregunté muy frescamente por qué. "Llevo 10 horas parado..." me dijo como pidiendo disculpas. Él también había visto las miles de películas sobre embarazadas que enloquecen en las salas de parto y mandan a su marido, a toda la raza humana en general y a la Biblia en la parte que dice "parirás con dolor", a freír churros. Y ahí me di cuenta: pasaban muchas horas.
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El atardecer por la ventana me sorprendió, pensé "Bebito va a nacer de noche" como si se tratara de algún rito oculto y por un brevísimo momento me asusté. Después vino otra contracción y volví al momento: respirar, mi marido, médicos y vuelta a empezar.
En dos momentos más a Bebito se le bajaron las pulsaciones y sonó un pitido en el monitor. Y cada vez llegaron médicos y enfermeras de todos lados y se dedicaron a cambiarme de postura o a sacudirme enérgicamente la panza. ¡Algo terrible! Ya lo sé... pero conseguían que el corazoncito de mi bebé volviera a la normalidad. Antes de las 9 pm cambió el turno y me cambiaron a todos los médicos, entre ellos apareció mi nueva matrona (la anterior no me gustaba demasiado) que, para sorpresa mía, era ¡un matrón!
Un genio mi matrón. Verificó mi dilatación y después rotó a Bebito con los dedos, hasta ponerlo en posición para el parto. "Vamos a intentar un pujo" dijo, y mientras mi marido preguntaba "¿Ahora?" con cara de pánico, yo tomé aire y pujé con mucha fuerza. A aquellas interesadas en saber cómo es un pujo les digo (si usted, lectora, es fácilmente impresionable, probablemente no debería estar leyendo este blog). Les van a decir que es fuerza como para hacer caca pero si les soy sincera, se parece mucho más a intentar expulsar un tampón. Ustedes saben a lo que me refiero. Guarden esa sensación, la pueden necesitar.
"Me baja la presión..." dije, "¿Me voy a desmayar?" le pregunté a mi marido, agotada (llevaba 16 horas con trabajo de parto), y él me contestó que no, que no me iba a desmayar, así que me quedé mucho más tranquila.
"Si miras ahora puedes verle el pelo" le comentó a mi marido el matrón y yo lo miré con cara de no-mirés-ahí-por-el-amor-de-dios. Hay partes del cuerpo de las que mejor tener un lindo recuerdo, sobre todo si las pensás usar en el futuro. Acto seguido (tan seguido que no nos dio tiempo a decir ni mú) a Bebito se le fueron las pulsaciones al piso y otra vez hubo que salir rajando... ¡A intentar el parto al quirófano! Atrás quedó mi pobre marido, otra vez con cara de susto.
"Si miras ahora puedes verle el pelo" le comentó a mi marido el matrón y yo lo miré con cara de no-mirés-ahí-por-el-amor-de-dios. Hay partes del cuerpo de las que mejor tener un lindo recuerdo, sobre todo si las pensás usar en el futuro. Acto seguido (tan seguido que no nos dio tiempo a decir ni mú) a Bebito se le fueron las pulsaciones al piso y otra vez hubo que salir rajando... ¡A intentar el parto al quirófano! Atrás quedó mi pobre marido, otra vez con cara de susto.
A toda velocidad por el pasillo nos atajó la anestesista al grito de "¡¿A dónde van?!". Aunque el matrón y las enfermeras le imprimían urgencia al asunto, la anestesista dijo "Si no hago esto, no se van a ningún lado" y se puso a corregirme la anestesia como para cesárea. Con la misma cara con la que los retó a todos, se giró hacia mí y muy dulcemente me empezó a explicar que el quirófano asustaba pero que no me hiciera problema (me causó gracia esa aclaración porque yo ya había visto miles de quirófanos en la tele jajaja). Íbamos a intentar el parto ahí y si no salía el bebé, se hacía una cesárea.
Quirófano, camilla de quirófano. De un lado veía un reloj de Ikea (el mismo que tengo en casa); del otro, una enfermera ordenaba los instrumentos en una bandeja. Tenía mucha gente a mi alrededor, todos se presentaban "Hola, soy Ana, la enfermera", "Hola, soy María, la pediatra"... Todos me hablaban por detrás de los barbijos que los hacían irreconocibles y me preguntaban qué era el bebé y cómo se iba a llamar. Se hablaban entre ellos sobre mí "Es una campeona, ¡lleva acá desde las 5 am!" escuché por ahí, y me sentí orgullosa aunque poco campeona todavía.
"Cuando yo te diga, tienes que pujar" me explicó la cirujana, o el matrón, o alguien. Los primeros dos pujos los hice mal, lo sé. ¡Perdón matrona del curso pre-parto! Estaba tan cansada y me dolía tanto todo (de hecho dije "Me duele mucho", y todos miraron a la anestesista jeje)... Al tercero, una chica muy amable me dijo que se iba a subir encima mío para ayudar a empujar. "Uno más" dijo la médica misteriosa desde allá abajo y yo pensé "Es ahora o nunca. Va con todas mis fuerzas aunque me abra en dos o nos vamos todos a cesárea... ¡y se terminó!"
Contracción. Inhalación profunda. ¡Fuerza! Fuerza, fuerza, fuerza... "Vamos que te alcanza la contracción para hacerlo otra vez". Fuerza, fuerza, fuerza... ¡La cabeza de Bebito! ¡Todo Bebito! Con ayuda de la cirujana y el fórceps, se deslizó como por un tobogán. "¡Ya está!" pensé, agotada. El matrón me lo trajo a Bebito todo abrigadito y azul como un pitufo. Le toqué la nariz (tan ancha que parecía la de un monito) y el matrón se rió.
Mientras me cosían, el matrón me puso al bebé en el pecho y lo agarré por primera vez. Era tan chiquitito... Bebito me miró con unos ojos enormes y pestañeó, y yo me pregunté "¿Los bebés tan chiquitos tienen los ojos abiertos?".
¿Si fue amor a primera vista? No sé, estaba demasiado cansada para analizar esta parte. Me hubiera gustado decirle "Hola Bebito, soy Mamá"... pero, a juzgar por la forma en que me miraba, creo que él ya sabía quién era yo. Tal vez para él sí fue amor a primera vista.
Cuando al fin me sacaron del quirófano, con Bebito hecho un bollito a mi derecha, lo primero que vi fueron las caras de mi cuñado y su novia, y a mi querido marido. "Cinti, estás tan guapa...!" dijo mi cuñada y yo no podía creer que después de 16 horas de trabajo de parto alguien pensara que yo estaba guapa. No me acuerdo si sonreí. Solo los miraba. Me sentía en paz y estaba maravillada de que todo hubiera terminado: el día más largo de mi vida... y del que más orgullosa me siento.
Mientras me cosían, el matrón me puso al bebé en el pecho y lo agarré por primera vez. Era tan chiquitito... Bebito me miró con unos ojos enormes y pestañeó, y yo me pregunté "¿Los bebés tan chiquitos tienen los ojos abiertos?".
¿Si fue amor a primera vista? No sé, estaba demasiado cansada para analizar esta parte. Me hubiera gustado decirle "Hola Bebito, soy Mamá"... pero, a juzgar por la forma en que me miraba, creo que él ya sabía quién era yo. Tal vez para él sí fue amor a primera vista.
Cuando al fin me sacaron del quirófano, con Bebito hecho un bollito a mi derecha, lo primero que vi fueron las caras de mi cuñado y su novia, y a mi querido marido. "Cinti, estás tan guapa...!" dijo mi cuñada y yo no podía creer que después de 16 horas de trabajo de parto alguien pensara que yo estaba guapa. No me acuerdo si sonreí. Solo los miraba. Me sentía en paz y estaba maravillada de que todo hubiera terminado: el día más largo de mi vida... y del que más orgullosa me siento.
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