martes, 21 de abril de 2015

Semana 36 + 4: Listos (y si no estás lista, también)... ¡ya!

Me desperté 4:30 am para hacer pis. Normal, hacía pis tantas veces por noche que había desarrollado una técnica en donde le embocaba al inodoro casi sin abrir los ojos para no despabilarme. De pronto: un dolor. Las embarazadas tenemos miles de dolores diferentes, algunos se repiten en el tiempo y otros son únicos. Éste era, por lo menos, un dolor nuevo.

En mi somnolencia me dediqué a esperar unos minutos. De nuevo el dolor. Justo como me lo habían descripto: un dolor como de ovarios pero con principio, nudo y desenlace (¡como los cuentos!). Al segundo o tercero de estos (eran sospechosamente seguidos), lo desperté a mi marido.

"Tengo un dolor nuevo... me parece que son contracciones" le dije y me miró con cara de si-no-sabés-vos-yo-menos. Mi marido peló teléfono y rápidamente abrió la aplicación específicamente creada para contar contracciones (usar un reloj ya no va más) y cada vez que empezaba una contracción me preguntaba "¡¿otra?!" con cara de sorpresa y yo asumí que estarían siendo muy seguidas. A la contracción número 20 le dije que dejara el teléfono porque se lo iba a arrojar por la ventana y que me prestara atención, que no sabía lo que me estaba pasando pero era doloroso y raro.

Desde las 5 am tuve contracciones cada 5 minutos. Yo no lo sabía, pero mi marido sí gracias a la App. Las contracciones tan seguidas son algo desequilibrante, no te dejan pensar. Solo podés respirar e intentar pasar de una contracción a la otra sin desesperar en el intento. Lo de bañarte, lo de hacer el bolso con tranquilidad, son todas patrañas. Esperamos una hora porque así lo decían mis apuntes del curso pre-parto y mientras tanto mi querido marido se dedicó a hacerme el bolso y a hacer básicamente cualquier cosa, porque yo solo podía respirar y descansar unos minutos en el entre-tiempo.

Él me eligió la ropa (y es por eso que fui vestida toda de verde, al menos combinaba entre sí) y me hizo vestir también. Yo estaba, digamos, un poquito reticente a ir al hospital. Hubiera preferido quedarme en la cama sufriendo mi dolor en paz. Cuando nos subimos al auto a las 6 am y salimos para el hospital todo parecía una película. Algo irreal: ¿yo yendo a tener un bebe? No puede ser. Mi cerebro estaba convencido que era una falsa alarma y nos iban a mandar de vuelta.

Nos mandaron de vuelta, efectivamente, pero después de monitorear al bebé durante media hora y comprobar que sí, (también efectivamente) yo estaba de parto. De esa media hora recuerdo el reloj de Urgencias y cómo las agujas fueron de las 7 a las 7 y media. Dilatación: 1 centímetro. El ginecólogo me dijo "si tuviera que apostar algo, diría que volvéis a la tarde". Habría ganado algo.

Camino a casa había mucho tránsito y yo me imaginé teniendo al bebé en pleno atasco, al mejor estilo "Autopista del Sur". Por suerte, no sucedió. Pero, déjenme decirles que las contracciones arriba de un vehículo en movimiento son lo peor. No sé si es que te desconcentra o que te samarrea, o qué, solo sé que yo miraba el reloj del auto pasar sus minutos analógicos y agradecía que mi casa quedara tan cerca del hospital.

Ya en casa, hubo que pasar el tiempo... Iba de la cama al living, como Charlie García pero menos musical. Me sentaba, me acostaba, me paraba, hasta me arrojé arriba de mi pelota terapéutica. Hay una foto infame del momento que no deseo compartir con mis lectoras. ¿Lo mejor que pude haber aprendido? La respiración. De yoga, pilates, curso pre-parto, o lo que sea... Lo importante es respirar profundo y exhalar lento. Yo contaba en mi mente, cada contracción duraba hasta que llegaba a 60. 60 "cintis" porque no es una medida de tiempo real.

***

A las 2 pm decidimos volver al hospital. Esta vez había otras embarazadas en la sala de espera, algunas con más urgencia que otras. En un momento se me fueron las contracciones y pensé "¡Chan!" pero fue el susto que tenía nomás, porque enseguida volvieron. Creo que nunca se fueron realmente.

Me esperaba otra monitorización de media hora pero se quedó trunca porque, a los 10 minutos, el latido del corazón de Bebito (que venía siendo fuerte y rápido) empezó a hacerse cada vez más lento. Tu-tuc...tu-tuc......tu...tuc... Aparecieron médicos y enfermeras y se desató una actividad frenética. Una me sacaba la ropa "¿Cuáles son tus zapatos?", otro me ponía una vía (yo pensaba "No me estoy desmayando, ¡bien Cinti!"). Mientras empujaban mi camilla a toda velocidad por el pasillo, llegué a estirar el cuello lo suficiente como para ver que mi marido me veía desde la sala de espera.

Luces en el techo, una tras otra, ascensor (me di cuenta de la urgencia cuando sacamos a otra gente del ascensor para usarlo nosotros), sala de parto (que me sorprendió por ser una agradable habitación con una ventana enorme). Cuando lograron que las pulsaciones de Bebito subieran hasta lo normal (se escuchaban a todo volumen, así que yo también las oía), los médicos se empezaron a ir y volvió mi querido esposo con cara de susto.

Ya estaba ahí, me había saltado olímpicamente el pre-parto y las salas de dilatación. Bebito ya estaba monitoreado por fuera y por dentro, y la matrona me había roto la bolsa. "Meconio ++" diría más tarde el informe. En criollo, que Bebito se había hecho caca adentro de la panza. Se me vino a la mente mi médico nazi diciendo "Si se rompe la bolsa, como máximo 24 horas". Pero no fue hasta que mi marido dijo "El 21 también me parece un lindo día para nacer" que me di cuenta de lo que iba a pasar: ese día iba a nacer Bebito, sí o sí. No había vuelta atrás.

***

Del que sería el día más largo de mi vida, recuerdo solo algunas horas: de las 7 a las 7:30 am de la primera monitorización; las 2 pm que decidimos volver al hospital; las 5:30 pm, hora en la que me iba a hacer efecto la epidural; las 9:27 pm cuando nació Bebito y el reloj acercándose a las 10 pm mientras me reconstruían mis zonas íntimas. Todas las demás horas se sucedieron sin números y las leería mucho después en el informe de alta del hospital.

En algún momento de la tarde, alguna de mis miles de enfermeras me preguntó si quería la epidural, a lo que respondí rápidamente "Sí, quiero" (traer a un bebé al mundo con más o menos dolor no es relevante, no es una competencia sobre qué embarazada sufre más; lo importante es dejar todo de una para que salga lo mejor posible). El tiempo se alargó un poco mientras esperábamos, primero el papel que hay que firmar (donde explica los posibles riesgos) y luego a la anestesista.

La epidural no duele. Duele quedarse quieta con contracciones, pero es solo un minuto. La anestesista me explicó que tal vez hacía más efecto de un lado que del otro, que eso se podía corregir, y luego dijo "Tarda 20 minutos en hacer efecto. Son las 5, a las 5:30 vas a estar genial". El siguiente rato me dediqué a preguntarle a mi marido qué hora era... y él me lo estiró lo más posible. Según su relato, la epidural hizo efecto a las 7:45 pm después de dos dosis más, y solo duró un ratito.  Según mi relato, nunca llegó a hacer efecto del todo.

Las contracciones se sucedían cada 2 minutos y empezaron a entrelazarse. "¿What?" estarán pensando mis lectores con conocimientos médicos y de inglés... Les explico: mi marido veía el monitor de contracciones (vaya a saber uno cómo se llama en realidad) y este aparato producía un papelito como los sismógrafos. Cuando había una contracción, la raya subía marcando un pico, luego bajaba y en la siguiente contracción volvía a subir. Mis contracciones entrelazadas (como se me ocurrió llamarlas) eran picos que nunca bajaban, se unía un pico con otro pero no había descanso entremedio. Esas eran bravas.

Estaba tan concentrada en respirar que ni siquiera prestaba atención al paso de las horas. Cuando mi marido me dijo que le dolían las piernas, le pregunté muy frescamente por qué. "Llevo 10 horas parado..." me dijo como pidiendo disculpas. Él también había visto las miles de películas sobre embarazadas que enloquecen en las salas de parto y mandan a su marido, a toda la raza humana en general y a la Biblia en la parte que dice "parirás con dolor", a freír churros. Y ahí me di cuenta: pasaban muchas horas.

***

El atardecer por la ventana me sorprendió, pensé "Bebito va a nacer de noche" como si se tratara de algún rito oculto y por un brevísimo momento me asusté. Después vino otra contracción y volví al momento: respirar, mi marido, médicos y vuelta a empezar. 

En dos momentos más a Bebito se le bajaron las pulsaciones y sonó un pitido en el monitor. Y cada vez llegaron médicos y enfermeras de todos lados y se dedicaron a cambiarme de postura o a sacudirme enérgicamente la panza. ¡Algo terrible! Ya lo sé... pero conseguían que el corazoncito de mi bebé volviera a la normalidad. Antes de las 9 pm cambió el turno y me cambiaron a todos los médicos, entre ellos apareció mi nueva matrona (la anterior no me gustaba demasiado) que, para sorpresa mía, era ¡un matrón! 

Un genio mi matrón. Verificó mi dilatación y después rotó a Bebito con los dedos, hasta ponerlo en posición para el parto. "Vamos a intentar un pujo" dijo, y mientras mi marido preguntaba "¿Ahora?" con cara de pánico, yo tomé aire y pujé con mucha fuerza. A aquellas interesadas en saber cómo es un pujo les digo (si usted, lectora, es fácilmente impresionable, probablemente no debería estar leyendo este blog). Les van a decir que es fuerza como para hacer caca pero si les soy sincera, se parece mucho más a intentar expulsar un tampón. Ustedes saben a lo que me refiero. Guarden esa sensación, la pueden necesitar. 

"Me baja la presión..." dije, "¿Me voy a desmayar?" le pregunté a mi marido, agotada (llevaba 16 horas con trabajo de parto), y él me contestó que no, que no me iba a desmayar, así que me quedé mucho más tranquila.

"Si miras ahora puedes verle el pelo" le comentó a mi marido el matrón y yo lo miré con cara de no-mirés-ahí-por-el-amor-de-dios. Hay partes del cuerpo de las que mejor tener un lindo recuerdo, sobre todo si las pensás usar en el futuro. Acto seguido (tan seguido que no nos dio tiempo a decir ni mú) a Bebito se le fueron las pulsaciones al piso y otra vez hubo que salir rajando... ¡A intentar el parto al quirófano! Atrás quedó mi pobre marido, otra vez con cara de susto.

A toda velocidad por el pasillo nos atajó la anestesista al grito de "¡¿A dónde van?!". Aunque el matrón y las enfermeras le imprimían urgencia al asunto, la anestesista dijo "Si no hago esto, no se van a ningún lado" y se puso a corregirme la anestesia como para cesárea. Con la misma cara con la que los retó a todos, se giró hacia mí y muy dulcemente me empezó a explicar que el quirófano asustaba pero que no me hiciera problema (me causó gracia esa aclaración porque yo ya había visto miles de quirófanos en la tele jajaja). Íbamos a intentar el parto ahí y si no salía el bebé, se hacía una cesárea. 

Quirófano, camilla de quirófano. De un lado veía un reloj de Ikea (el mismo que tengo en casa); del otro, una enfermera ordenaba los instrumentos en una bandeja. Tenía mucha gente a mi alrededor, todos se presentaban "Hola, soy Ana, la enfermera", "Hola, soy María, la pediatra"... Todos me hablaban por detrás de los barbijos que los hacían irreconocibles y me preguntaban qué era el bebé y cómo se iba a llamar. Se hablaban entre ellos sobre mí "Es una campeona, ¡lleva acá desde las 5 am!" escuché por ahí, y me sentí orgullosa aunque poco campeona todavía.

"Cuando yo te diga, tienes que pujar" me explicó la cirujana, o el matrón, o alguien. Los primeros dos pujos los hice mal, lo sé. ¡Perdón matrona del curso pre-parto! Estaba tan cansada y me dolía tanto todo (de hecho dije "Me duele mucho", y todos miraron a la anestesista jeje)... Al tercero, una chica muy amable me dijo que se iba a subir encima mío para ayudar a empujar. "Uno más" dijo la médica misteriosa desde allá abajo y yo pensé "Es ahora o nunca. Va con todas mis fuerzas aunque me abra en dos o nos vamos todos a cesárea... ¡y se terminó!"

Contracción. Inhalación profunda. ¡Fuerza! Fuerza, fuerza, fuerza... "Vamos que te alcanza la contracción para hacerlo otra vez". Fuerza, fuerza, fuerza... ¡La cabeza de Bebito! ¡Todo Bebito! Con ayuda de la cirujana y el fórceps, se deslizó como por un tobogán. "¡Ya está!" pensé, agotada. El matrón me lo trajo a Bebito todo abrigadito y azul como un pitufo. Le toqué la nariz (tan ancha que parecía la de un monito) y el matrón se rió.

Mientras me cosían, el matrón me puso al bebé en el pecho y lo agarré por primera vez. Era tan chiquitito... Bebito me miró con unos ojos enormes y pestañeó, y yo me pregunté "¿Los bebés tan chiquitos tienen los ojos abiertos?".

¿Si fue amor a primera vista? No sé, estaba demasiado cansada para analizar esta parte. Me hubiera gustado decirle "Hola Bebito, soy Mamá"... pero, a juzgar por la forma en que me miraba, creo que él ya sabía quién era yo. Tal vez para él sí fue amor a primera vista.

Cuando al fin me sacaron del quirófano, con Bebito hecho un bollito a mi derecha, lo primero que vi fueron las caras de mi cuñado y su novia, y a mi querido marido. "Cinti, estás tan guapa...!" dijo mi cuñada y yo no podía creer que después de 16 horas de trabajo de parto alguien pensara que yo estaba guapa. No me acuerdo si sonreí. Solo los miraba. Me sentía en paz y estaba maravillada de que todo hubiera terminado: el día más largo de mi vida... y del que más orgullosa me siento.



domingo, 19 de abril de 2015

Semana 36: Preparados...

Todo lo relativo a Bebito me parecía feliz. Inclusive las idas al baño cada 5 minutos, el agotamiento de andar por la vida con una panza gigante y la acidez que, según las mujeres de mi familia, te da cuando el bebé es muy peludo. Todo me parecía maravilloso... hasta que un día conocí las bombachas post-parto y se me fue la ilusión de un plumazo.

Por si no han tenido el gusto de conocerlas, son como shorts gigantes hechos de gasa (de la de hospital, no la de los vestidos). De las cosas más anti-eróticas que vi en mi vida.

En la misma ida al supermercado en la que nos trajimos pañales, lociones y ungüentos varios; me crucé con las "bragas post-parto" y, puesto que nos habían sido ampliamente recomendadas por la matrona en el curso, agarré un paquete. Parecían inofensivas. Eran ofensivas. En el momento en que las abrí pensé "No me podés hacer esto, Bebito...", pero ya era tarde.

Unos cuantos días después, en plena utilización de las horrendas bombachas (además, en combinación con las toallitas post-parto que son igual de horribles), agradecí que existieran. Pero en ese momento, me dediqué a odiarlas. Se presentaron ante mí para recordarme la faceta más temida del embarazo: el parto.

El bolso de Bebito para el hospital estaba listo. El bolso de Mamita... no tanto. Solo tenía las bombachas post-parto y un neceser con las cosas del baño. ¿Qué más, qué más?

***

Otra vez en lo de la matrona (aunque ya ni me acuerdo para qué fui) y me encontré de nuevo en la enorme sala/gimnasio de embarazadas donde hicimos el curso pre-parto. Solo que esta vez, cuando al fin logré sentarme en la colchoneta, la matrona dijo "Vamos a intentar un pujo, pero en serio".

"¡Chan!" pensé yo.

Como lo habíamos practicado tantas veces, me agarré de las rodillas, tomé todo el aire del mundo y antes de exhalarlo pujé haciendo fuerza hacia abajo. Imaginándome, como nos pidió la matrona, que Bebito se deslizaba por un canalón (aunque no sé como me siento llamándole "canalón" a mi vagina, pero bueno... mejor canalón que canaletita, en ese caso).

"¡Lo haces muy bien! Tu bebé tiene suerte de tener una mamá así" dijo la matrona. Y yo me sentí tan orgullosa, tan preparada y tan MAMÁ que esa misma noche empezaría una de las experiencias más alucinantes de mi vida. ¡Y el resultado sería un Bebito!


domingo, 12 de abril de 2015

Semana 35: Tener todo listo, una expresión de deseo

Era mi intención tener todo listo antes de la llegada de Bebito y además, tenía tiempo para hacerlo. Ya en Nueva Zelanda, entre visita y visita a Dr. Neil, soñaba con volver a casa y empezar a preparar el cuarto del bebe. Anotaba ideas y guardaba fotos de todo lo que iba a hacer. Era mi happy place en el que pensar cuando me despertaba a las 4 am con acidez.

Sé que la estoy predisponiendo mal, querida lectora, pero esta historia tiene un final feliz... Porque, ni bien llegué a España, me dediqué a comprar almohadones con barquitos y autos, a recortar animalitos en cartulina, a decorar el placard con conejos y a ordenar los peluches del bebé de forma graciosa. Hasta pegué un enorme cartel que decía "Bienvenido", un regalo de mi Mamá que venía desde Argentina.

Es una de las cosas más lindas del embarazo: preparar todo. Eso sí, mientras yo diseñaba chanchitos en cartulinas de colores y pegaba conejos por todos lados, mi marido se ocupaba de cosas mucho menos creativas (aunque casi tan importantes) como comprar el cochecito. Lo que se dice, un trabajo en equipo.

Después vino el período de comprar los pañales que consistió en pararnos durante media hora en la góndola de pañales del supermercado y salir con un paquete de cada talle porque no sabíamos qué tamaño tendría Bebito para cuando volviéramos del hospital. Además de los pañales 0+, 1 y 2, vinieron a casa muchas toallitas húmedas, gel de baño, loción para bebés y un aceite Johnson's Baby que siempre quise comprar aunque verdaderamente creo que no tiene utilidad práctica. De cualquier modo, todo el conjunto quedó hermoso en el cuarto de Bebito.

Luego hubo que lidiar con la ropita. Primero: cortar las miles de etiquetas corto-punzantes que le ponen a cada prenda (¡algunas son tan largas que superan a la ropa misma!). Me gustaría saber qué clase de psicópata diseña la ropa de bebés y me pregunto si los odia... porque convengamos que, por mucho algodón de oveja baby que usen para confeccionar la ropa después le ponen esas etiquetas vengativas que nos molestarían hasta a los adultos.

Ya etiquetas-free, lavé la ropa de Bebito con un jabón hipoalergénico para pieles extra-sensibles que, como tenía la foto de un bebé en la etiqueta, asumí que era para ropa de bebés... Unas cuantas semanas más tarde (y muchos lavados después), descubriría que lo que yo había comprado como jabón era en realidad, suavizante. Así que solo suavicé la ropa de Bebito, básicamente. ¡Eso sí! Después planché todo, por muy minúsculo que fuera, porque el calor mata los ácaros (cuando pregunté qué eran, mi Madre me dijo "son arañas") y ¡¿quién quiere arañas en la ropa de sus bebés?!

Así que acá estoy, bandeándome entre ser una buena futura mamá, responsable del hábitat y de la salud de mi hijo, y metiendo la pata olímpicamente cada tanto. En mi opinión: el equilibrio perfecto.


domingo, 5 de abril de 2015

Semana 34: Los peligros de estornudar en la semana 34

Ya no me quedaban dudas sobre la importancia de los ejercicios del suelo pélvico y los hacía en mi clase de pilates con una fuerza interior proveniente del miedo a la incontinencia post-parto y a la falta de elasticidad en mis partes íntimas (algo que suena terrible). Pero la etapa avanzada de mi embarazo me reservaba una sorpresa más que pondría a prueba al más experimentado de los suelos pélvicos...

Vea usted, en la semana 34 aproximadamente (estoy absolutamente copada con esto de hablar en semanas, ahora soy una experta) o, para los desentendidos (ya les va a tocar...), en el octavo mes de embarazo, no va que me pesco un resfrío. Un resfrío inofensivo que hubiera pasado desapercibido por la vida de cualquier mortal. Pero, cuando una está embarazada y solo puede tomar Paracetamol o sucedáneos de los caramelos Tic-tac, un resfrío puede volverse muy largo... hasta puede parecer que no se acaba nunca.

¡Y si eso fuera todo! Por mucho Kegel que hubiera hecho, nada me había preparado para los estornudos. La ecuación para el desastre tenía todos los elementos: vejiga minúscula de embarazada + ganas de hacer pis constantemente + estar de pie + estornudo traicionero. Una situación muy peligrosa. Esto hizo que los días de resfrío requirieran de toda mi concentración de embarazada en su trimestre bobo... que no es poca. Y creo que al fin estoy logrando contraer los músculos correctos cada vez que me azota un estornudo. Tampoco tengo mucha opción, es eso o dejar un charquito.

¿Sería un charquito justificado? ¡Obviamente, para algo estoy gestando un ser humano en mi interior! Así que no les prometo nada, un estornudo sorpresivo y me hago pis. Siempre puedo fingir que rompí bolsa y quedo como una reina hasta que llegue a Urgencias del hospital y el ginecólogo de turno me diga "Usted no está de parto, se ha meado... Vuelva a casa". No sé. Una tiene que elegir sus batallas.


domingo, 29 de marzo de 2015

Semana 33: Mi Medico nazi no me ama

Primero debería admitir que un gran porcentaje de lo que dice mi doctor, básicamente, no lo entiendo. Todavía "no le he cogido el tranquillo" (como dirían acá) al español de España fluido y dependo en gran parte de las traducciones simultáneas que me hace mi marido.

Quizás por eso le tengo un poco de cariño a mi Médico nazi, cuando no parece agradarle a casi ninguna otra persona del mundo. Ni a mi querido esposo, ni a mi farmacéutica que todo lo sabe, ni siquiera a desconocidos a los que les hablo de mi doctor, les cae bien.

Es verdad que tiene un humor raro (al menos la parte que sí entiendo de lo que dice), es de esas personas que una no sabe si están hablando en serio o en chiste. Súmenle a eso que yo muchas veces no cazo una... Conclusión: él debe pensar que tiene una paciente un poco retardada y yo encantada de la vida. El único que se pone nervioso en el proceso es mi pobre marido.

Ya había tirado "chistes" raros, como cuando insistía en que no coma demasiados dulces y lo justificaba con la siguiente explicación: "las pacientes argentinas cuando comen dulce de leche se ponen como una foca". Oración que, sorprendentemente, es machista y racista a la vez (no carece de mérito ofensivo). Pero se necesita mucho más que oraciones trilladas para ofender a mi versión embarazada buena onda, sobretodo cuando no entiendo lo que dice ("Ignorance is bliss", decía mi profesor de yoga).

Bueno, les cuento la última... Puede ser que me haya excedido un poco con las comidas y que me haya saltado la limitación de los carbohidratos en el viaje a Sevilla, pero tampoco desbarranqué. (A propósito de mi limitación de carbohidratos: cuando me dio intolerancia a los hidratos en la prueba de la glucosa, mi médico nazi me dijo que solo podía comer una porción de harinas al día. Mi marido preguntó si era durante el embarazo solamente y él respondió "¡Vamos a decirle que es para siempre!"  al mejor estilo confidencia entre hombres cuyas esposas se van a poner como focas).

Continúo: puede ser que me hubiera excedido un poco. Con lo cual, cuando me subí a la balanza del consultorio (previo sacarme las botas, tampoco hay que escupir para arriba), el Médico nazi se quejó con un "Puff! ¡Se ha puesto usted las botas esta semana!" (una expresión española que significa comer mucho). Pero yo, en mi eterno trimestre bobo, le respondí "¡¿Me pongo las botas?!", lo que causó el jolgorio general de médico, enfermera y marido.

Porque mi Doctor nazi es así, muy quejoso y solo nos informa de lo estrictamente necesario. Nada de "está usted resplandeciente" o "le vamos a hacer un análisis para verificar esto o aquello". Yo me lo tomo con filosofía, si no me dice que haya nada malo, es que está todo bien. Y si dice algo importante, ya mi marido me lo traducirá a su debido tiempo. Mientras, sonrío y saludo como los pingüinos de Madagascar (al mejor estilo embarazada-divina). Por otro lado, mi Doctor nazi tiene pinta de haber traído muchos bebés a este mundo. Así, con mala onda y críticas semi-racistas, pero bebés al fin... y mi plan de parto incluye salir del hospital con un bebé, por lo menos.


domingo, 22 de marzo de 2015

Semana 32: El video nórdico sobre lactancia

Para la clase sobre lactancia del curso pre-parto yo estaba mucho mejor preparada que para aquella entrevista inicial con la matrona, donde me preguntó sobre mi plan de parto y me recomendó un libro ("Un regalo para toda la vida", para aquellos interesados).

Yo ya había leído el libro (seguía sin "plan de parto" per se, pero algo es algo), así que sabía sobre la producción de leche, la teta a demanda, las posiciones para vaciar los pechos y la forma que adopta la boquita del bebé cuando está tomando bien. Aunque, por mucha información que tuviera, no pensaba responder ni una de las preguntas con trampa de la matrona. 

La primera de ellas fue "¿Qué piensan ustedes de la lactancia? ¿Es buena o mala?". Clásica pregunta malintencionada y perversa. Cuando una de mis compañeras de curso respondió "Depende..", me sentí retroceder en el tiempo hasta mi época universitaria, hasta el salón de clase de Teología, cuando alguien decidía poner en duda el sistema educativo religioso (en la Universidad Católica Argentina ¡hay que ser!) y hacer una pregunta como "Si Dios existe ¿por qué permite que los niños africanos mueran de hambre?". Media clase revoleaba los ojos y se eludía mentalmente de los 45 minutos de respuesta que venían después.

Por suerte no hubo muchas más preguntas, lo que sí hubo fue un video instructivo sobre la lactancia. Un video como los de antes (en VCR) filmado quizás en los 90, en algún país nórdico de mamás pechugonas y rubias. No logré hallarlo en internet para regocijo de mis lectores, así que solo podré relatarles aquello que vi y que, con toda seguridad, me traumó para siempre.

La clave está en el concepto de "teta a demanda" o, como lo llama mi cuñado "all you can tit". Se trata de (probablemente lo hayan adivinado por su nombre) darle el pecho al bebé siempre que lo pida. Una idea con la que estoy totalmente de acuerdo, no se me rebelen, pero el video nórdico sobre lactancia llevaba esta idea hasta los límites más insospechados. 

Me esperaba la sucesión de enormes tetas rechonchas de leche donde los bebés se sumergían y afloraban después de un rato, felices y satisfechos. Pero hubo que ver también las más increíbles posiciones de amamantamiento, que incluían la rotación del bebé alrededor de la teta, la traslación de la madre alrededor del bebe y la rotación de la teta alrededor del bebé y de la mamá (si eso es posible). Posiciones que hacían que las posturas más complicadas de yoga parecieran un juego de niños.

El colofón del video fue la escena donde una familia jugaba despreocupadamente al fútbol en un parque. Mamá, papá, hijos...todos corriendo detrás de la pelota. Y de pronto, "¡Buaaa...!", llora el bebé (que estaba cómodamente apostado en un rincón) y entonces la Mamá pela teta ahí nomás en la cancha (si tengo que concretar más, cerca del área chica) y se pone a amamantar al bebé. Quiero pensar que los demás integrantes de la familia suspenden el partido. O cobran un penal. Yo no sé si mi padre admitiría este tipo de interrupciones anti-deportivas y pro-lactancia silvestre. Les dejo la inquietud. 


domingo, 15 de marzo de 2015

Semana 31: Los sillones imposibles

Me acabo de enterar que la simpática línea indeleble (también llamada meridiano Bebito-Mamá) es el resultado de que los músculos abdominales de la zona se distiendan. Se separan, se disuelven, ¡puff! desaparecen. En su lugar aparece la decorativa raya y la imposibilidad de levantarse de frente de cualquier asiento por debajo de nuestras rodillas.

Para lidiar con esto, se idean una serie de movimientos laterales, rotatorios, traslastorios y en forma de balancín que la ayudarán a una a levantarse con más o menos dignidad de las posiciones de sentada y acostada. Esto, y no la sensación de importancia general sobre una misma que tenemos durante el embarazo, es lo que hace que elijamos con mucho cuidado los asientos donde vamos a posar nuestro (probablemente agigantado) pompis.

El movimiento lateral rotatorio es muy útil para cuando una se quiere incorporar de la cama, cosa que sucede a menudo por las noches para hacer pis. "¡¿Cuánto pis?!" estará pensando usted... Pero no se trata de la cantidad sino del momento en que el bebé decide que ya hay suficiente pis en su vejiga y que le está ocupando un espacio precioso en su pequeño mundo personal. Bebito dice "pis" y allá vamos al baño. Ayuda mucho, durante el movimiento rotatorio sobre nuestro eje, sostener la panza con las manos si ya está muy grande, como para ayudar al bebé a que rote con nuestro cuerpo/envase. De otro modo, puede suceder que Mamá y Bebé queden apuntando a direcciones opuestas, en detrimento indefectible de la Mamá que empieza a sentir dolores extraños por todos lados.

Otro truco muy útil es el movimiento traslatorio que es cuando una usa su pompis y parte del tronco para realizar sinuosos desplazamientos por la superficie cual gusano (aunque más me recuerda a esa víbora de "El Principito" que se traga un elefante) o serpiente del desierto, para llegar de un lugar a otro sin tener que ponerse de costado. El efecto visual es medio triste, pero logra buenos resultados cuando, por ejemplo, la mesita de luz te queda muy lejos de la cama o cuando te estás escapando del colchoncito de pilates en medio de una clase.

El movimiento de balancín lateral es más para tomar ánimo que verdaderamente útil. Es la opción a la que recurre una cuando el asiento en el que tuvo la mala idea de sentarse es uno de esos sillones imposiblemente bajos. El balanceo a un lado y al otro, con aspavientos de brazos y concentración máxima suelen ayudar a que eventualmente una se pueda incorporar. Pero con mucha dificultad y demostrando que las clases de pilates no están ayudando en nada a nuestro estado atlético general.

De última siempre queda la opción menos digna pero inversamente proporcional en eficiencia: estirar los brazos en dirección a alguien, como un nene que quedó atorado en el inodoro, y esperar que esa alma caritativa se apiade y tire de una hasta que volvamos a posición vertical. ¡Gracias, mundo!



domingo, 8 de marzo de 2015

Semana 30: "Hoy vamos a hacer los pujos"

El curso pre-parto es de lo más instructivo. No sé de cuánta utilidad será cuando llegue el momento de la verdad pero, al menos mientras espero, me entretengo un poco. ¡Y no solo yo! Mi querido marido también y, en ocasiones, hasta Bebito se entretiene un rato (aunque en general aprovecha el curso para dormir y no parece demasiado interesado en cómo va a salir de mi útero)

Así y todo, no pude dejar de sorprenderme (un déjà-vú de aquella vez en que la profesora de pilates dijo "Contrae la vagina") cuando la matrona anunció a la clase con solemnidad y su característica sonrisa de matrona sabedora de cosas que nosotras no sabemos: "Hoy vamos a hacer los pujos". Chan. Doble chan. Bebito abrió un ojo y frunció el ceño como diciendo "¿De qué estás hablando, Willis?".

Practicar los pujos en un enorme salón de clases y acompañada por otras 25 mamás y sus parejas, cuidadosamente colocadas en forma de semi círculo sobre colchonetas para que todas nos veamos los respectivos canales de parto, es un tanto incómodo. Y no solo por la posición que hay que adoptar (agarrándose de las rodillas y exponiendo todo nuestro poco entrenado suelo pélvico al mundo) sino también porque es solo un simulacro. No hay que hacer fuerza verdaderamente (de hecho, hacer fuerza podría causar inconvenientes serios, como hacerte pis o dejar escapar una ventosidad), solo hay que hacer como que una hace fuerza. Es un asunto delicado.

Sin menospreciar su utilidad práctica, debo admitir que no salí de la clase sintiéndome especialmente preparada para el parto. Y encima tuve que aguantarme la cara de desaprobación de la matrona (¡¿es que nunca logramos hacer nada bien para usted?!) y las patadas furiosas de Bebito que pensaba que lo estaba desalojando antes de tiempo... Tranquilo, mi cielo, por ahora ni vos ni yo ni Papá sabemos cómo vamos a salir de este embrollo, pero algo me dice que ya nos llegará la inspiración.


domingo, 1 de marzo de 2015

Semana 29: Mamás buena onda vs. Mamás mala onda

Cada vez que la profesora de pilates para embarazadas entra en la clase y pregunta "¿Cómo andan, mamás?" alguna contesta "Muy bien" (yo, generalmente) y otra responde "Acá andamos..." con cara de circunstancia.

Y así es durante todo el embarazo. Hay Mamás buena onda y Mamás mala onda. Me gusta pensar que pertenezco a la primera mitad pero debo reconocer que detrás de esta sencilla categorización, suele haber razones. ¿Cuáles? Fundamentalmente cómo se siente una durante estos nueve meses. Eso, y no tu concepto previo de cómo vas a encarar el estado de maternidad, es lo que hace la diferencia.

Imagínense un primer trimestre con náuseas permanentes, vomitando por los rincones, sin poder comer nada... Eso pondría de mal humor a cualquiera, convirtiendo una persona de otra manera agradable, rápidamente en una Mamá mala onda, de esas que en vez de vivir su embarazo como un período lleno de magia, te miran por encima de sus ojeras y te responden "Período mágico, las pelotas". Una embarazada gruñona siempre es divertida.

La verdad sea dicha: tampoco es lo que se dice mágico. Especial sí que es, pero tanto como mágico... tanto como "Estás radiante" y cosas similares... es estirarlo demasiado.

Porque a veces no hace más que empeorar desde las náuseas iniciales. Mi pobre compañera de pilates que contesta "Acá andamos..." puede tener más que suficientes razones para quejarse: existe el estreñimiento y (a la vez, como un chiste de la naturaleza) la diarrea, existe la tendinitis debido al embarazo, la diabetes gestacional, los fuertes dolores en el hueso pélvico, la acidez incendiaria, el síndrome de las piernas cansadas (o, como me gusta llamarlo: la ansiedad en las patas, que es la sensación nocturna de haber corrido una maratón sin moverte de tu cama), existen también bebés que patean todo el tiempo, tus costillas, tu vejiga, existen bebés que intentan escaparse por el ombligo, hay rozaduras, hinchazones, pérdidas, oscurecimientos, ardores, picazón...

Y para todo eso y más, solo se puede tomar Paracetamol, que viene a ser como la Aspirineta que te daban en el colegio cuando te caías en el patio de lajas y te hacías torta las rodillas contra las baldosas: hay que ponerle mucha onda para que funcione.

Aún así, hay Mamás buena onda con los malestares del embarazo y todo... ¿Por qué? Y lo pregunto bien, no con odio sarcástico como lo preguntan algunas. Porque no se crean que ser una Mamá buena onda no tiene su precio: las otras Mamás te discriminan... tu embarazo pasa a ser menos digno si vas por ahí con una sonrisa. Es un período en donde parece que hay que establecer una cuota de quejosidad para que el gozo de traer un niño al mundo no se desborde y parezca una escena de "La novicia rebelde". Embarazadas felices sí, pero tampoco tanto como para que los hombres (y las mujeres que no tienen hijos) crean que está bueno estar embarazada. No sea cosa.

¿Sabe qué, señora? Me da igual, me parece todo una gran estupidez. Esto es lo que hay por ahora: nueve meses de un alien creciendo adentro tuyo y haciendo todo tipo de actividades. A veces en detrimento de tu salud, ¿para qué negarlo? Como el gordo que se sienta al lado tuyo en el colectivo y te ocupa medio asiento o la señora que habla por teléfono a todo volúmen en el subte y no te deja concentrarte en la lectura. Incomodidades de la vida. Si querés ponerle buena onda, vivirlo como una montaña rusa de sensaciones que te sorprenderán a cada paso y en el camino escribir un blog para hacer reír un rato; me parece fantástico. Y sino, siempre podés tomarte un Paracetamol y esperar tiempos mejores.


domingo, 22 de febrero de 2015

Semana 28: En el curso pre-parto

Quizás una de las experiencias más divertidas del embarazo es el curso pre-parto. O, hablando con propiedad ibérica, el curso de preparación al parto.

La absoluta ignorancia sobre procesos como la dilatación o la lactancia puede contribuir a hacerlo aún más divertido. Pero no necesariamente la propia, la de sus compañeras o, mejor aún, la de las parejas...

Aclaración aparte: he notado en los profesionales de la salud españoles que rodean al embarazo un rechazo casi patológico a decir "marido", "esposo" o equivalentes. Se oye mucho más la expresión "tu chico" o, neutralizando al máximo las relaciones intra-domésticas "tu pareja".

Yo, que estoy condenada a pensar como abogada para siempre, voy a seguir refiriéndome a mi marido como "mi marido". En parte porque suena distinguido (o no, señora?) y por otro lado, porque me da derechos sucesorios, patrimoniales y sociales sobre su persona. De ahí el pronombre "mi". Simplemente no me convence denominar "mi chico" a quien tiene la potestad de desenchufarme si estoy en coma. No querría predisponerlo mal... Y ahora que lo pienso, también voy a agregar "querido" a la fórmula. A ver si piensa usted que por ser marido no lo quiero tanto. Mi querido marido. Mío. Querido. Y legalmente responsable.

Como decía una querida amiga "¡Que hablar bien no cuesta una mi*rda y da un beneficio de la p*ta madre!"

Aclarado el tema vocabulario, paso a continuar con el relato: La primera clase del curso pre-parto nos sorprendió con una amplia concurrencia, sobre todo con una enorme cantidad de padres (o figuras biológicamente masculinas de paternidad asumida y aparentemente responsables por los fetos que se están desarrollando en el vientre de sus acompañantes).

La matrona volvió a intentarlo con las preguntas sin respuesta que, en realidad, tienen múltiples respuestas pero son todas incorrectas. Sea cual fuere la respuesta, su reacción es siempre la misma: "mmmno..." con la cabeza ladeada y todo. Yo ya había aprendido este truquito de la hábil señora así que ni intenté responder nada. Pero me tomó 3 clases convencer a mi querido marido de que no había respuesta correcta a sus preguntas (él no puede resistirse a una demostración pública de conocimiento). Recién la última clase dijo en voz baja, como intentando ayudar a sus compañeros de armas "No contesten, es una trampa" pero la concurrencia no hizo caso.

El problema de la falta de fluidez en la dinámica del curso no solo responde a las preguntas incontestables de la matrona (y conste que ella espera pacientemente y escucha hasta 3 o 4 respuestas incorrectas cada vez), también contribuyen a esta incomunicación las aportaciones de las futuras mamás y papás.

La peor que escuché hasta ahora (porque tampoco vamos a estar riéndonos de mis pobres compañeras y sus dudas perfectamente válidas) fue la siguiente:

La matrona estaba explicando cuándo debíamos ir al hospital porque estamos de parto. Contaba sobre la bolsa rota, un sangrado, el líquido amniótico... y decía que las primeras horas no se hace mucho, así que no hay necesidad de salir corriendo al hospital. "Podemos darnos una ducha y revisar el bolso con tranquilidad antes de salir de casa", decía. Y entonces, una de las concurrentes preguntó: "¿Hay una hora límite para ir al hospital?"

No sé lo que le respondió la matrona porque ahí yo desconecté, incapaz de dejar de imaginarme la hora límite de la que hablaba mi compañera futura mamá. ¿Hora límite? Claro, señora, si usted ve que el niño se le salió del cuerpo, ya ni vaya a la sala de parto. El trabajo está hecho.

O peor: ¿Hora límite? Pues va a ser que sí. Si usted no se presenta en el hospital durante las primeras 12 horas, ya no vaya porque no la admiten. Y tiene que dar a luz en el parquecito frente a la sala de maternidad. Lo bueno es que después sí que puede ingresar con su bebé a pediatría directamente.


domingo, 15 de febrero de 2015

Semana 27: El suelo pélvico

De todas las instrucciones que esperaba escuchar en pilates (y le admito que a veces me parecen confusas, de hecho, suelo tener miedo de enredarme entre las poleas de los brazos y las de las piernas y que me tengan que llevar así, hecha un nudo humano, a la sala de emergencias. Y que, para peor, en pleno proceso de extracción de mi organismo de la cama de pilates, se me escape un gas)... En fin, es un miedo con el que vivimos todos, ¿no?

Volviendo al tema, de todas las instrucciones que esperaba escuchar en pilates, quizás la más extraña fue "Contrae la vagina", sobretodo porque vino seguida de otra igualmente delicada: "Ahora, contrae el ano". Todavía un poco apabullada porque mi profesora dijera "vagina" y "ano" en voz alta (que básica que es una, por favor) procedí a contraer lo que buenamente pude de mi zona pélvica...

Si le voy a ser sincera, lo de contraer alternativamente una cosa y la otra, todavía me tiene intrigada. Yo concentro todas mis ondas cerebrales y contraigo. Contraigo pies, dedos, aprieto los dientes y aún así, no sé si estoy logrando mi cometido. Después de un rato, los músculos de mi suelo pélvico se adormecen (estarán podridos de mis instrucciones contradictorias) y me da la sensación que ya no hacen nada de nada.

"Los ejercicios del suelo pélvico son muy importantes" dijo la matrona y yo no podría estar más de acuerdo, pero la zona no está reaccionando a mis órdenes como yo desearía.

Indígnese tranquila, señora, porque el suelo pélvico y sus músculos son los responsables de mantener en su sitio al útero, la vejiga y los intestinos. Y tener un suelo pélvico saludable implica una mejor preparación para el parto y una pronta recuperación en el pos-parto, incluyendo evitarse (en la medida de lo posible) problemas como la incontinencia urinaria y el estreñimiento.

Pero, ¡que indignación! que una tenga que entrerarse de la existencia del suelo pélvico recién ahora, a escasos meses de someterlo a una de esas aventuras inolvidables. ¿Por qué, digo yo, me hacían hacer esquemas mongoloides con cintas y pelotas en la hora de gimnasia del colegio y no me enseñaban a contraer la vagina y el ano alternativamente? Con lo útil que me habría sido ahora mismo, que me siento una disminuida cerebral cada vez que la profesora da una de esas instrucciones.

Ya está, mi suelo pélvico está finalmente en acción y Bebito colabora porque cuando hago como que contraigo (aunque en realidad no sepa lo que está pasando ahí abajo), él patea insistentemente como diciendo "Bravo, Mami, ¡algo hiciste!". Gracias.



domingo, 8 de febrero de 2015

Semana 26: Los sueños insólitos

Convengamos que mis sueños siempre han sido un poco insólitos. Ya estoy acostumbrada. Tráiganme desastres naturales, zombies y terribles persecuciones y yo dormiré como un angelito. Se ve que el estrés del día lo descargo gritándole "¡Suban a la camioneta!" a mis compañeros de sueño mientras una marea de lava ardiente inunda la calle principal, o bien, corriendo a toda velocidad por los patios de casas ajenas mientras me persigue un vampiro.

A propósito de esto, quería hacer una reflexión: he descubierto que en los sueños puedo volar si la velocidad de mis piernas se me queda corta (lo cual suele suceder a menudo). Vuelo por el aire como quien nada; cuanto más me impulso, más lejos llego. Téngalo en cuenta, señora, e inténtelo en sus próximos sueños, ver si a usted también le funciona.

Pero lo que nos concierne esta semana: El síndrome de los sueños extraños, aparentemente, es otro de los síntomas que acompañan al embarazo. Por lo tanto yo, con semejante historial, estaba esperando ver qué era lo que creaba mi mente para cumplir con el cometido "sueños extraños durante el embarazo". Me sorprendió. El cerebro es algo alucinante.

Resulta que tenía a un bebé y era sano y arrugadito como debe ser... pero (¡Oh! Sorpresa) solo dejaba de llorar cuando lo metía en mi cartera. Así que me elegía las carteras más amplias y ponía ahí a Bebito, entre los anteojos de sol, la billetera y los pañuelitos descartables. Y él se quedaba tan felizmente. Cada vez que abría la cartera, me miraba ceñudo temiendo que lo sacara de ahí adentro. Y si pasaba mucho tiempo con la cartera abierta, se ponía a llorar y fruncía toda su carita de bebe. Ahora que lo pienso, se parecía un poco a Dobby, el de Harry Potter. Una mezcla casi indivisible entre adorable y creepy.

Pero lo más gracioso del síndrome de los sueños extraños es que se contagió al padre (de todos los síntomas que se podía contagiar, éste puede que sea el más inofensivo, así que se lo permito). Mi marido, también conocido como "el papá de Bebito", soñó que su hijo nacía... negro. ¡Negro! Ahí les dejo una pesadilla recurrente de los hombres (de los hombres blancos, evidentemente. ¿Los padres negros tendrán pesadillas con bebés blancos?).

Aunque usted señora se anime tímidamente a asociar el sueño de mi marido al miedo que tienen los hombres a que su hijo no sea suyo; yo, conociéndolo un poquito más que usted, le diría que va asociado al íntimo deseo de mi marido desde la adolescencia de ser de raza negra. Quizás soñó en realidad con un hijo que al fin lograba lo que él no. Un caso a la inversa de Michael Jackson pero que puede implicar problemas mentales igualmente.

Yo, que nunca deseé ser de ninguna otra raza en particular (bastante tenía ya con ser de los pocos latinoamericanos que no lo parecen y crean confusión donde quiera que vayan), me quedo tranquila. Porque, como decía un viejo profesor de Derecho Romano "Mater semper certa est".


domingo, 1 de febrero de 2015

Semana 25: Mi plan de parto es...inexistente

"Tiene que ponerse en contacto con su matrona para hacer el curso de preparación al parto..." dijo el Dr. español cuyo apellido no me acuerdo pero que suena a Goebbels (y aunque es un señor muy ario en sí mismo, dudo que lo hubieran aceptado en las SS porque siempre anda con la camisa abierta hasta la mitad del pecho, un comportamiento inaceptable para gente tan puntillosa como los nazis). 

A mi Centro de Salud fui en busca de mi matrona que resultó ser una de estas señoras dulces que hablan muy lentamente, ladean la cabeza y sonríen al vacío. Asocié su actitud a una excesiva cantidad de bebés en su vida y, tal vez, a alguna medicación. Después de repasar conmigo la lista de los alimentos desaconsejados (que son muchos y me restringen terriblemente la dieta mediterránea que tan sana era anteriormente), me anotó para el curso de preparación al parto (asumo que es el homólogo a nuestro curso "pre-parto" solo que con nombre completo).

Antes de irme se me ocurrió hacerle algunas preguntas que tenía... Maldigo el momento. Inmediatamente ella me contestó con otras del estilo "¿Qué sabés de la epidural?" y "¿Cuál es tu plan de parto?". No le gustó cuando le respondí respectivamente "No mucho" y "Solo evitar la cesárea en la medida de lo posible". Ladeó la cara y me sonrió condescendientemente. Y con esa mirada reprochatoria socialmente aceptada que tanto odio me quiso decir "Piba, vos no tenés ni idea". 

¡Y no la tengo, señora! Pensé que para eso era el curso pre-parto... ¡Perdón! El curso de preparación al parto. ¿O requiere conocimientos previos? Le puedo decir ya mismo, sin miedo a equivocarme dónde tengo a Bebito, qué parte de mi cuerpo voy a usar para la lactancia y qué orificio se va a resentir un poco cuando el bebé venga a este mundo. 

Solo respondí correctamente a la pregunta sobre si iba a amamantar. Al contestarle que sí, exclamó un "Muy bien" y yo como una tarada me sentí pre-aprobada por el sistema sanitario español para traer un niño al mundo. Porque ser el receptáculo de la tarea de reproducción humana en la naturaleza, evidentemente, ya no es suficiente. En clara desigualdad de condiciones con respecto al resto de embarazadas del mundo (o al menos, así lo sentí en el momento), me fui cabizbaja del centro de salud con una última recomendación, la peor: leer un libro.


domingo, 25 de enero de 2015

Semana 24: Primeras cosas de embarazada

Estar embarazada de 24 semanas en invierno es una angustia, porque es muy difícil mostrarle la panza al mundo y que la reconozcan a una por la calle como lo que es: el envase de un hermoso Bebito.

Así que todavía no espero que me cedan los asientos espontáneamente en el subte, ni que me hagan las típicas preguntas que despertamos las embarazadas en perfectos desconocidos. Cosas del estilo de "¿De cuánto estás?" o "¿Ya sabes si es niño o niña?" parecen ser las preocupaciones más frecuentes.

No, señora que acabo de conocer en la farmacia, no le voy a contar que este hierro que estoy comprando y que me tengo que tomar todas las mañanas, me evita la anemia a la vez que vuelve mis deposiciones negras (o más precisamente, verde oscuro... ¿pero quién estaría tan atenta a la gama de colores?).

Pero sí, señora depiladora peruana, por supuesto que le cuento que es un varón, en parte porque no sabría cómo eludir la pregunta y por otro lado porque me encanta charlar mientras Ud. me está depilando mis zonas íntimas.

Bueno, sacando las raras preguntas de los desconocidos, yo estoy empezando a actuar definitivamente como embarazada. En realidad, como siempre pensé que actuaban las embarazadas: con una mezcla entre urgencia urinaria permanente y felicidad/desdén por todo lo que no sea el bebé.

Mi primer acción oficial como embarazada en ámbito social (me refiero a algo que jamás hubiera hecho de otro modo) estuvo relacionada con la urgencia urinaria y consistió simplemente en meterme en el baño de hombres de un centro comercial. El de mujeres (debo aclarar que eran individuales) estaba ocupado y yo ya llevaba demasiado tiempo haciéndome pis. Así que pensé "¡Qué demonios...!" (pensamiento más relacionado con la segunda característica: la felicidad/desdén hacia el mundo exterior). Me sentí como conquistando una barrera mental.

El feminismo es eso (para las que tengan dudas): es entrar en el baño de hombres cuando una está embarazada y tiene una urgencia. El slogan sería "Somos todos iguales, pero en caso de urgencia, gana mujer embarazada haciéndose pis. ¡A aguantársela!" Estoy segura que en ese simple acto logré más que en años de voto femenino en muchos países.

Siento que es tan solo la primera de las muchas barreras que traspasaré en mis aventuras con Bebito. Las mamás del mundo estarán enumerando, pero tampoco es hace falta, señoras...

***

Ahora estoy en la etapa (parte inseparable del trimestre bobo del embarazo) en que me toca recalcular las dimensiones de mi nuevo cuerpo porque me hago la viva y pretendo pasar por lugares por donde, evidentemente, ya no paso.

Cuando digo "No te muevas, que paso..." y me llevo puestas sillas y mesas alternativamente con la panza o con el pompis, me siento como una gorda torpe o un adolescente invertebrado. Hasta he llegado a derribar vasos ajenos con contenido. Una vergüenza. 

Para colmo de males, además de la humillación pública de no saber dónde termina tu propio cuerpo, después me entra la culpa cuando pienso que Bebito va a nacer lleno de moretones. Dale un tiempito a Mami y ya te dejará de chocar contra los muebles. Espero.


domingo, 18 de enero de 2015

Semana 23: El Test de la Glucosa

Para esta altura sabrá que Bebito es un niño de gestación internacional y, como tal, tuvo ya más médicos que meses de vida. No contábamos con que, además, cuando llegáramos a España nuestro obstetra estaría de vacaciones y por lo tanto fuera otra la médica que nos mandara a hacer los análisis, entre ellos, el de la glucosa (que ahora sé que es medio importante).

Vaya a saber uno qué habrá pasado entre mi médico nazi y la que nos atendió al principio, pero resulta que al Dr. Goebbels no le gustaron los resultados de los análisis (de hecho llamó la médica con un vocablo indescifrable que después mi marido dijo que era el equivalente español a "pijotera") y me mandó a hacer el de Test de la Glucosa extendido. Se llama algo así como "glucosa de 100ml" y consiste en ir a pasarse un bonito día al laboratorio.

Me explico (para las que desconozcan): después de sacarle sangre a una y de tomar un líquido glucósico en ayunas (que es como el almíbar de los duraznos pero sin el dulce de leche), el personal de enfermería procede a extraerle sangre cada hora pero no una vez, ni dos veces... sino hasta tres veces para comprobar cómo absorbe el organismo la glucosa. Mi cerebro poco hábil para las matemáticas hizo este cálculo terriblemente rápido (se ve que el pánico agudiza los sentidos en serio): 4 pinchazos en total. Un verdadero desafío para mí... Mi Everest de las extracciones de sangre hasta ahora.

Quizás debería haber empezado por el principio: odio las agujas. Aún más que las arañas porque éstas no se me introducen en el cuerpo (ufff... ahí le dejo una imagen mental para no dormir). Las agujas y yo no nos llevamos bien desde un verano en que casi tengo hepatitis y me sacaron sangre muchas veces para comprobarlo...y de ambos brazos porque mis venitas estaban tan encogidas del miedo que ni sangre tenían.

Pero déjeme aclarar este miedo, señora, porque me lo confunden constantemente con el vulgar miedo al pinchazo y no es eso. El pinchazo es feo y antinatural pero pasa sin pena ni gloria para mí. Lo que me desconfigura todo el sistema operativo es cuando me sacan la aguja del brazo y yo la siento: esos minúsculos milímetros de metal deslizándose como una lombriz sanitaria entre mi piel. Es esa sensación la que me saca abruptamente del mundo de los conscientes y me lleva al de los sueños, que es mucho más lindo. Y para colmo,  mi mente no para de reproducirme esa sensación para torturarme y con la idea de devolverme al mundo de los desmayos otra vez, aún muchos minutos después del hecho.

Gracias a un serio trabajo de mentalización, las últimas 2 veces había logrado sacarme sangre y salir victoriosa (y, más importante, consciente) del laboratorio. Pero esta vez, como le advertí, me enfrentaba al Everest de las extracciones.

Allá estaba yo en el hospital, en ayunas y reconciliada con mi destino (la fatalidad obra de manera calma en mí, por suerte) y al fin me tocó el turno, estiré el bracito y de pronto la enfermera me dijo "Voy a dejarte puesta una vía, para que sea más fácil". ¡¿Una vía?! ¿Qué instrumental de tortura moderno es aquel que extiende la temible sensación del gusano metálico subcutáneo en el tiempo?

El Everest se convirtió rápidamente en los anillos de Saturno y vi flaquear mi convicción. Tras un primer momento de mareo (afortunadamente avisado), reposé mientras la enfermera me abanicaba y luego volví a sentirme semi-normal, así que fui a posarme a la sala de espera con mi vasito de glucosa.

Sentadita en un asiento mirando el horizonte hospitalario tuve la sensación y mi cerebro se aferró a ella como si no hubiera otra cosa en el mundo en qué pensar y todo empezó a oscurecerse. Me dije a mi misma "Cintia..." pero el resto de la frase ni yo me lo escuché y se me apagó el mundo.

Cuando me desperté tenía 5 o 6 médicos y enfermeras a mi alrededor. Uno de ellos me tocaba la cara y me pedía  "¿Puede abrir la boca?" y una enfermera me miraba y decía "No cierres los ojos, mirame a mí". Ahí me di cuenta de lo que estaba pasando y creo que logré hacer ambas cosas satisfactoriamente. Bebito me pateaba con todas sus fuerzas desde adentro. Pobrecito, estaría pensando "Algo le pasó a mi envase orgánico... ¡¡eh!! Reviví, Mami...". Entre todos me condujeron a una salita privada con un sillón y yo pensé "Que buen lugar para desmayarme" mientras me daba cuenta que me había tirado encima todo el vaso de glucosa...

Lo que siguió es ya es la parte poco entretenida: vino la consabida pregunta "¿Estás solita?", mi llamada a mi marido, las enfermeras revisándome cada dos minutos como si fuera un perrito abandonado. Luego la glucosa empezó a secarse y a pegotear todo, marido trajo ropa limpia, sobreviví a 3 extracciones sin incidentes, me sacaron la vía (hasta luego, elemento demoníaco) y finalmente me pude ir a casa.

Lo vivo como un pequeño triunfo igualmente. Ay Bebito, las cosas que hace Mamá por vos... hasta los anillos de Saturno, ida y vuelta (con una pequeña siesta en el medio).


domingo, 11 de enero de 2015

Semana 22: Cochecitos, cunas y otras yerbas

Quizás usted recuerde, señora, cuando conté que no sabía lo que era un moisés. Por esta razón, tal vez no sea una completa novedad que tampoco entienda de cochecitos de bebé. Así que allá fuimos, marido y yo, a las tiendas de artículos para bebés a ver que hay que comprar y como nos va a arruinar la capacidad de nuestro pequeño baúl. 

Primero tengo que hacer mención a los nombres. No era de extrañar que las cosas se llamen diferente acá en España. Igualmente me sirve de poco porque tampoco sé, estrictamente hablando, los nombres argentinos, pero al menos me suenan de lejos. No como la palabra "capazo" que designa una parte del cochecito o "carrito" que no sé cómo traducirla al argentino y además me suena a capa enorme. No se imagine a un bebé mosquetero, señora argentina. No es más que el equivalente al moisés nuestro. Creo. Tampoco me confíe mucho.

El huevito es huevito en todos lados, el cambiador también, pero la practi-cuna es aquí "cuna de viaje" y yo aprendí la segunda denominación antes que la primera. Así que ahora digo "cuna de viaje" entre mis amigas embarazadas y quedo como una tarada snob con palabras extrañas. Lo mismo me pasa con la "matrona". De hecho, recuerdo la primera vez que mi prima radicada en Madrid me dijo "matrona" y yo pensé "Decí partera, ridícula"... Y ahora digo matrona yo también. Y capazo. ¡Que horror!

Confundida con mi nuevo vocabulario (como es lógico, por otro lado, estando en el trimestre bobo del embarazo), me desplazo por la vida pre-maternidad como una disléxica oral. Lo que es peor que ser extranjera del todo y hablar directamente en otro idioma.

*

Entramos en los locales de cosas para bebés e intentamos averiguar qué cochecitos tienen y cómo se abren y se cierran. En esto, mi marido es mucho mejor porque el idioma español le fluye con más naturalidad que a mí. Lo que es yo, puedo emitir tranquilamente oraciones como "Me podría enseñar cómo se cierran los cochecitos? Digo, carritos? ...Cómo se achican?". Y después lo miro a mi marido con cara de "¡¿Ayuda?!" y la señora a la que me estaba dirigiendo contesta indefectiblemente con un vocablo nuevo, como "Ah... las sillas de paseo? Si, se pliegan con un moderno sistema..."

Y luego, por muy modernos que fueran los sistemas, nos costó al menos 4 negocios encontrar empleados que sí supieran cómo se pliegan los benditos cochecitos. Era un poco doloroso ver cómo las empleadas se descoyuntaban los dedos para intentar abrir y cerrar los carritos. Y conseguían, quizás a la vez, dos propósitos indeseados: transmitirnos la idea de que no era una operación fácil, por más sistema 1-2-3 que tuviera el cochecito, y romperse alguna uña en el proceso.

Al final dimos con la Meca de los carritos para bebés y en poco menos de una hora (y con una diestra vendedora, por supuesto) vimos abrirse y cerrarse con habilidad decenas de cochecitos. Nos enteramos de pesos, medidas de seguridad, sistemas de plegado, accesorios y hasta de la última moda en mobiliario transporta-bebés. Salimos del local con el curso completo para padres modernos pero inútiles y hasta me animaría a decirle algo, señora, creo que lo voy a lograr sin comprometer ni la integridad de mis uñas ni la salud de Bebito. Que no sería poco...


domingo, 4 de enero de 2015

Semana 21: Club de Mamás de Varones

De a poco me hago la idea de convertirme en parte del selecto grupo de "Mamás de varones". Siempre parecen más fuertes, más decididas y menos propensas a enloquecer. ¿O no es cierto? Cuando me encuentro con una mamá de niños pienso que toda esa sabiduría maternal viene de tener un aro de básket en la casa, de preparar fideos con manteca los domingos al mediodía porque el niño juega al fútbol, de haber aprendido que la Tortuga Ninja violeta se llama Leonardo y para qué sirven los nunchakus... Toda esa sabiduría tiene que traer tranquilidad al mundo. Aunque solo sea para compensar los exabruptos varoniles cuando pasan de ser lindos bebés sonrientes a niños violentos que de pronto preguntan "¿Puedo patear al gato, Mamá?" o "¿Me prestás los fósforos para hacer una cosa...?".

Mis sentidos, por otro lado, van mucho más rápido que mi mente porque ya no dedico ni un segundo a los artículos rosas en los negocios para bebés. Y es verdad que la ropa de nena es más linda pero yo voy a ser mamá de varón. Nada de princesas ni de bijouterie de plástico por ahora. Bastante que Bebito ya va a nacer adicto al olor del esmalte de uñas. Por ahí es algo bueno y me acompaña a hacerme la manicura. O mejor no. Voy a tener que dividir mi tiempo femenino del masculino, como hacíamos con mi hermano cuando éramos chiquitos: media hora de Jem and the Holograms y media hora de Los Caballeros del Zodíaco. Autos, dragones, superhéroes y pelotas. Vamos, Cinti, modo Mamá de varón que somos mucho más cool. ¡¿No?!