martes, 21 de abril de 2015

Semana 36 + 4: Listos (y si no estás lista, también)... ¡ya!

Me desperté 4:30 am para hacer pis. Normal, hacía pis tantas veces por noche que había desarrollado una técnica en donde le embocaba al inodoro casi sin abrir los ojos para no despabilarme. De pronto: un dolor. Las embarazadas tenemos miles de dolores diferentes, algunos se repiten en el tiempo y otros son únicos. Éste era, por lo menos, un dolor nuevo.

En mi somnolencia me dediqué a esperar unos minutos. De nuevo el dolor. Justo como me lo habían descripto: un dolor como de ovarios pero con principio, nudo y desenlace (¡como los cuentos!). Al segundo o tercero de estos (eran sospechosamente seguidos), lo desperté a mi marido.

"Tengo un dolor nuevo... me parece que son contracciones" le dije y me miró con cara de si-no-sabés-vos-yo-menos. Mi marido peló teléfono y rápidamente abrió la aplicación específicamente creada para contar contracciones (usar un reloj ya no va más) y cada vez que empezaba una contracción me preguntaba "¡¿otra?!" con cara de sorpresa y yo asumí que estarían siendo muy seguidas. A la contracción número 20 le dije que dejara el teléfono porque se lo iba a arrojar por la ventana y que me prestara atención, que no sabía lo que me estaba pasando pero era doloroso y raro.

Desde las 5 am tuve contracciones cada 5 minutos. Yo no lo sabía, pero mi marido sí gracias a la App. Las contracciones tan seguidas son algo desequilibrante, no te dejan pensar. Solo podés respirar e intentar pasar de una contracción a la otra sin desesperar en el intento. Lo de bañarte, lo de hacer el bolso con tranquilidad, son todas patrañas. Esperamos una hora porque así lo decían mis apuntes del curso pre-parto y mientras tanto mi querido marido se dedicó a hacerme el bolso y a hacer básicamente cualquier cosa, porque yo solo podía respirar y descansar unos minutos en el entre-tiempo.

Él me eligió la ropa (y es por eso que fui vestida toda de verde, al menos combinaba entre sí) y me hizo vestir también. Yo estaba, digamos, un poquito reticente a ir al hospital. Hubiera preferido quedarme en la cama sufriendo mi dolor en paz. Cuando nos subimos al auto a las 6 am y salimos para el hospital todo parecía una película. Algo irreal: ¿yo yendo a tener un bebe? No puede ser. Mi cerebro estaba convencido que era una falsa alarma y nos iban a mandar de vuelta.

Nos mandaron de vuelta, efectivamente, pero después de monitorear al bebé durante media hora y comprobar que sí, (también efectivamente) yo estaba de parto. De esa media hora recuerdo el reloj de Urgencias y cómo las agujas fueron de las 7 a las 7 y media. Dilatación: 1 centímetro. El ginecólogo me dijo "si tuviera que apostar algo, diría que volvéis a la tarde". Habría ganado algo.

Camino a casa había mucho tránsito y yo me imaginé teniendo al bebé en pleno atasco, al mejor estilo "Autopista del Sur". Por suerte, no sucedió. Pero, déjenme decirles que las contracciones arriba de un vehículo en movimiento son lo peor. No sé si es que te desconcentra o que te samarrea, o qué, solo sé que yo miraba el reloj del auto pasar sus minutos analógicos y agradecía que mi casa quedara tan cerca del hospital.

Ya en casa, hubo que pasar el tiempo... Iba de la cama al living, como Charlie García pero menos musical. Me sentaba, me acostaba, me paraba, hasta me arrojé arriba de mi pelota terapéutica. Hay una foto infame del momento que no deseo compartir con mis lectoras. ¿Lo mejor que pude haber aprendido? La respiración. De yoga, pilates, curso pre-parto, o lo que sea... Lo importante es respirar profundo y exhalar lento. Yo contaba en mi mente, cada contracción duraba hasta que llegaba a 60. 60 "cintis" porque no es una medida de tiempo real.

***

A las 2 pm decidimos volver al hospital. Esta vez había otras embarazadas en la sala de espera, algunas con más urgencia que otras. En un momento se me fueron las contracciones y pensé "¡Chan!" pero fue el susto que tenía nomás, porque enseguida volvieron. Creo que nunca se fueron realmente.

Me esperaba otra monitorización de media hora pero se quedó trunca porque, a los 10 minutos, el latido del corazón de Bebito (que venía siendo fuerte y rápido) empezó a hacerse cada vez más lento. Tu-tuc...tu-tuc......tu...tuc... Aparecieron médicos y enfermeras y se desató una actividad frenética. Una me sacaba la ropa "¿Cuáles son tus zapatos?", otro me ponía una vía (yo pensaba "No me estoy desmayando, ¡bien Cinti!"). Mientras empujaban mi camilla a toda velocidad por el pasillo, llegué a estirar el cuello lo suficiente como para ver que mi marido me veía desde la sala de espera.

Luces en el techo, una tras otra, ascensor (me di cuenta de la urgencia cuando sacamos a otra gente del ascensor para usarlo nosotros), sala de parto (que me sorprendió por ser una agradable habitación con una ventana enorme). Cuando lograron que las pulsaciones de Bebito subieran hasta lo normal (se escuchaban a todo volumen, así que yo también las oía), los médicos se empezaron a ir y volvió mi querido esposo con cara de susto.

Ya estaba ahí, me había saltado olímpicamente el pre-parto y las salas de dilatación. Bebito ya estaba monitoreado por fuera y por dentro, y la matrona me había roto la bolsa. "Meconio ++" diría más tarde el informe. En criollo, que Bebito se había hecho caca adentro de la panza. Se me vino a la mente mi médico nazi diciendo "Si se rompe la bolsa, como máximo 24 horas". Pero no fue hasta que mi marido dijo "El 21 también me parece un lindo día para nacer" que me di cuenta de lo que iba a pasar: ese día iba a nacer Bebito, sí o sí. No había vuelta atrás.

***

Del que sería el día más largo de mi vida, recuerdo solo algunas horas: de las 7 a las 7:30 am de la primera monitorización; las 2 pm que decidimos volver al hospital; las 5:30 pm, hora en la que me iba a hacer efecto la epidural; las 9:27 pm cuando nació Bebito y el reloj acercándose a las 10 pm mientras me reconstruían mis zonas íntimas. Todas las demás horas se sucedieron sin números y las leería mucho después en el informe de alta del hospital.

En algún momento de la tarde, alguna de mis miles de enfermeras me preguntó si quería la epidural, a lo que respondí rápidamente "Sí, quiero" (traer a un bebé al mundo con más o menos dolor no es relevante, no es una competencia sobre qué embarazada sufre más; lo importante es dejar todo de una para que salga lo mejor posible). El tiempo se alargó un poco mientras esperábamos, primero el papel que hay que firmar (donde explica los posibles riesgos) y luego a la anestesista.

La epidural no duele. Duele quedarse quieta con contracciones, pero es solo un minuto. La anestesista me explicó que tal vez hacía más efecto de un lado que del otro, que eso se podía corregir, y luego dijo "Tarda 20 minutos en hacer efecto. Son las 5, a las 5:30 vas a estar genial". El siguiente rato me dediqué a preguntarle a mi marido qué hora era... y él me lo estiró lo más posible. Según su relato, la epidural hizo efecto a las 7:45 pm después de dos dosis más, y solo duró un ratito.  Según mi relato, nunca llegó a hacer efecto del todo.

Las contracciones se sucedían cada 2 minutos y empezaron a entrelazarse. "¿What?" estarán pensando mis lectores con conocimientos médicos y de inglés... Les explico: mi marido veía el monitor de contracciones (vaya a saber uno cómo se llama en realidad) y este aparato producía un papelito como los sismógrafos. Cuando había una contracción, la raya subía marcando un pico, luego bajaba y en la siguiente contracción volvía a subir. Mis contracciones entrelazadas (como se me ocurrió llamarlas) eran picos que nunca bajaban, se unía un pico con otro pero no había descanso entremedio. Esas eran bravas.

Estaba tan concentrada en respirar que ni siquiera prestaba atención al paso de las horas. Cuando mi marido me dijo que le dolían las piernas, le pregunté muy frescamente por qué. "Llevo 10 horas parado..." me dijo como pidiendo disculpas. Él también había visto las miles de películas sobre embarazadas que enloquecen en las salas de parto y mandan a su marido, a toda la raza humana en general y a la Biblia en la parte que dice "parirás con dolor", a freír churros. Y ahí me di cuenta: pasaban muchas horas.

***

El atardecer por la ventana me sorprendió, pensé "Bebito va a nacer de noche" como si se tratara de algún rito oculto y por un brevísimo momento me asusté. Después vino otra contracción y volví al momento: respirar, mi marido, médicos y vuelta a empezar. 

En dos momentos más a Bebito se le bajaron las pulsaciones y sonó un pitido en el monitor. Y cada vez llegaron médicos y enfermeras de todos lados y se dedicaron a cambiarme de postura o a sacudirme enérgicamente la panza. ¡Algo terrible! Ya lo sé... pero conseguían que el corazoncito de mi bebé volviera a la normalidad. Antes de las 9 pm cambió el turno y me cambiaron a todos los médicos, entre ellos apareció mi nueva matrona (la anterior no me gustaba demasiado) que, para sorpresa mía, era ¡un matrón! 

Un genio mi matrón. Verificó mi dilatación y después rotó a Bebito con los dedos, hasta ponerlo en posición para el parto. "Vamos a intentar un pujo" dijo, y mientras mi marido preguntaba "¿Ahora?" con cara de pánico, yo tomé aire y pujé con mucha fuerza. A aquellas interesadas en saber cómo es un pujo les digo (si usted, lectora, es fácilmente impresionable, probablemente no debería estar leyendo este blog). Les van a decir que es fuerza como para hacer caca pero si les soy sincera, se parece mucho más a intentar expulsar un tampón. Ustedes saben a lo que me refiero. Guarden esa sensación, la pueden necesitar. 

"Me baja la presión..." dije, "¿Me voy a desmayar?" le pregunté a mi marido, agotada (llevaba 16 horas con trabajo de parto), y él me contestó que no, que no me iba a desmayar, así que me quedé mucho más tranquila.

"Si miras ahora puedes verle el pelo" le comentó a mi marido el matrón y yo lo miré con cara de no-mirés-ahí-por-el-amor-de-dios. Hay partes del cuerpo de las que mejor tener un lindo recuerdo, sobre todo si las pensás usar en el futuro. Acto seguido (tan seguido que no nos dio tiempo a decir ni mú) a Bebito se le fueron las pulsaciones al piso y otra vez hubo que salir rajando... ¡A intentar el parto al quirófano! Atrás quedó mi pobre marido, otra vez con cara de susto.

A toda velocidad por el pasillo nos atajó la anestesista al grito de "¡¿A dónde van?!". Aunque el matrón y las enfermeras le imprimían urgencia al asunto, la anestesista dijo "Si no hago esto, no se van a ningún lado" y se puso a corregirme la anestesia como para cesárea. Con la misma cara con la que los retó a todos, se giró hacia mí y muy dulcemente me empezó a explicar que el quirófano asustaba pero que no me hiciera problema (me causó gracia esa aclaración porque yo ya había visto miles de quirófanos en la tele jajaja). Íbamos a intentar el parto ahí y si no salía el bebé, se hacía una cesárea. 

Quirófano, camilla de quirófano. De un lado veía un reloj de Ikea (el mismo que tengo en casa); del otro, una enfermera ordenaba los instrumentos en una bandeja. Tenía mucha gente a mi alrededor, todos se presentaban "Hola, soy Ana, la enfermera", "Hola, soy María, la pediatra"... Todos me hablaban por detrás de los barbijos que los hacían irreconocibles y me preguntaban qué era el bebé y cómo se iba a llamar. Se hablaban entre ellos sobre mí "Es una campeona, ¡lleva acá desde las 5 am!" escuché por ahí, y me sentí orgullosa aunque poco campeona todavía.

"Cuando yo te diga, tienes que pujar" me explicó la cirujana, o el matrón, o alguien. Los primeros dos pujos los hice mal, lo sé. ¡Perdón matrona del curso pre-parto! Estaba tan cansada y me dolía tanto todo (de hecho dije "Me duele mucho", y todos miraron a la anestesista jeje)... Al tercero, una chica muy amable me dijo que se iba a subir encima mío para ayudar a empujar. "Uno más" dijo la médica misteriosa desde allá abajo y yo pensé "Es ahora o nunca. Va con todas mis fuerzas aunque me abra en dos o nos vamos todos a cesárea... ¡y se terminó!"

Contracción. Inhalación profunda. ¡Fuerza! Fuerza, fuerza, fuerza... "Vamos que te alcanza la contracción para hacerlo otra vez". Fuerza, fuerza, fuerza... ¡La cabeza de Bebito! ¡Todo Bebito! Con ayuda de la cirujana y el fórceps, se deslizó como por un tobogán. "¡Ya está!" pensé, agotada. El matrón me lo trajo a Bebito todo abrigadito y azul como un pitufo. Le toqué la nariz (tan ancha que parecía la de un monito) y el matrón se rió.

Mientras me cosían, el matrón me puso al bebé en el pecho y lo agarré por primera vez. Era tan chiquitito... Bebito me miró con unos ojos enormes y pestañeó, y yo me pregunté "¿Los bebés tan chiquitos tienen los ojos abiertos?".

¿Si fue amor a primera vista? No sé, estaba demasiado cansada para analizar esta parte. Me hubiera gustado decirle "Hola Bebito, soy Mamá"... pero, a juzgar por la forma en que me miraba, creo que él ya sabía quién era yo. Tal vez para él sí fue amor a primera vista.

Cuando al fin me sacaron del quirófano, con Bebito hecho un bollito a mi derecha, lo primero que vi fueron las caras de mi cuñado y su novia, y a mi querido marido. "Cinti, estás tan guapa...!" dijo mi cuñada y yo no podía creer que después de 16 horas de trabajo de parto alguien pensara que yo estaba guapa. No me acuerdo si sonreí. Solo los miraba. Me sentía en paz y estaba maravillada de que todo hubiera terminado: el día más largo de mi vida... y del que más orgullosa me siento.



domingo, 19 de abril de 2015

Semana 36: Preparados...

Todo lo relativo a Bebito me parecía feliz. Inclusive las idas al baño cada 5 minutos, el agotamiento de andar por la vida con una panza gigante y la acidez que, según las mujeres de mi familia, te da cuando el bebé es muy peludo. Todo me parecía maravilloso... hasta que un día conocí las bombachas post-parto y se me fue la ilusión de un plumazo.

Por si no han tenido el gusto de conocerlas, son como shorts gigantes hechos de gasa (de la de hospital, no la de los vestidos). De las cosas más anti-eróticas que vi en mi vida.

En la misma ida al supermercado en la que nos trajimos pañales, lociones y ungüentos varios; me crucé con las "bragas post-parto" y, puesto que nos habían sido ampliamente recomendadas por la matrona en el curso, agarré un paquete. Parecían inofensivas. Eran ofensivas. En el momento en que las abrí pensé "No me podés hacer esto, Bebito...", pero ya era tarde.

Unos cuantos días después, en plena utilización de las horrendas bombachas (además, en combinación con las toallitas post-parto que son igual de horribles), agradecí que existieran. Pero en ese momento, me dediqué a odiarlas. Se presentaron ante mí para recordarme la faceta más temida del embarazo: el parto.

El bolso de Bebito para el hospital estaba listo. El bolso de Mamita... no tanto. Solo tenía las bombachas post-parto y un neceser con las cosas del baño. ¿Qué más, qué más?

***

Otra vez en lo de la matrona (aunque ya ni me acuerdo para qué fui) y me encontré de nuevo en la enorme sala/gimnasio de embarazadas donde hicimos el curso pre-parto. Solo que esta vez, cuando al fin logré sentarme en la colchoneta, la matrona dijo "Vamos a intentar un pujo, pero en serio".

"¡Chan!" pensé yo.

Como lo habíamos practicado tantas veces, me agarré de las rodillas, tomé todo el aire del mundo y antes de exhalarlo pujé haciendo fuerza hacia abajo. Imaginándome, como nos pidió la matrona, que Bebito se deslizaba por un canalón (aunque no sé como me siento llamándole "canalón" a mi vagina, pero bueno... mejor canalón que canaletita, en ese caso).

"¡Lo haces muy bien! Tu bebé tiene suerte de tener una mamá así" dijo la matrona. Y yo me sentí tan orgullosa, tan preparada y tan MAMÁ que esa misma noche empezaría una de las experiencias más alucinantes de mi vida. ¡Y el resultado sería un Bebito!


domingo, 12 de abril de 2015

Semana 35: Tener todo listo, una expresión de deseo

Era mi intención tener todo listo antes de la llegada de Bebito y además, tenía tiempo para hacerlo. Ya en Nueva Zelanda, entre visita y visita a Dr. Neil, soñaba con volver a casa y empezar a preparar el cuarto del bebe. Anotaba ideas y guardaba fotos de todo lo que iba a hacer. Era mi happy place en el que pensar cuando me despertaba a las 4 am con acidez.

Sé que la estoy predisponiendo mal, querida lectora, pero esta historia tiene un final feliz... Porque, ni bien llegué a España, me dediqué a comprar almohadones con barquitos y autos, a recortar animalitos en cartulina, a decorar el placard con conejos y a ordenar los peluches del bebé de forma graciosa. Hasta pegué un enorme cartel que decía "Bienvenido", un regalo de mi Mamá que venía desde Argentina.

Es una de las cosas más lindas del embarazo: preparar todo. Eso sí, mientras yo diseñaba chanchitos en cartulinas de colores y pegaba conejos por todos lados, mi marido se ocupaba de cosas mucho menos creativas (aunque casi tan importantes) como comprar el cochecito. Lo que se dice, un trabajo en equipo.

Después vino el período de comprar los pañales que consistió en pararnos durante media hora en la góndola de pañales del supermercado y salir con un paquete de cada talle porque no sabíamos qué tamaño tendría Bebito para cuando volviéramos del hospital. Además de los pañales 0+, 1 y 2, vinieron a casa muchas toallitas húmedas, gel de baño, loción para bebés y un aceite Johnson's Baby que siempre quise comprar aunque verdaderamente creo que no tiene utilidad práctica. De cualquier modo, todo el conjunto quedó hermoso en el cuarto de Bebito.

Luego hubo que lidiar con la ropita. Primero: cortar las miles de etiquetas corto-punzantes que le ponen a cada prenda (¡algunas son tan largas que superan a la ropa misma!). Me gustaría saber qué clase de psicópata diseña la ropa de bebés y me pregunto si los odia... porque convengamos que, por mucho algodón de oveja baby que usen para confeccionar la ropa después le ponen esas etiquetas vengativas que nos molestarían hasta a los adultos.

Ya etiquetas-free, lavé la ropa de Bebito con un jabón hipoalergénico para pieles extra-sensibles que, como tenía la foto de un bebé en la etiqueta, asumí que era para ropa de bebés... Unas cuantas semanas más tarde (y muchos lavados después), descubriría que lo que yo había comprado como jabón era en realidad, suavizante. Así que solo suavicé la ropa de Bebito, básicamente. ¡Eso sí! Después planché todo, por muy minúsculo que fuera, porque el calor mata los ácaros (cuando pregunté qué eran, mi Madre me dijo "son arañas") y ¡¿quién quiere arañas en la ropa de sus bebés?!

Así que acá estoy, bandeándome entre ser una buena futura mamá, responsable del hábitat y de la salud de mi hijo, y metiendo la pata olímpicamente cada tanto. En mi opinión: el equilibrio perfecto.


domingo, 5 de abril de 2015

Semana 34: Los peligros de estornudar en la semana 34

Ya no me quedaban dudas sobre la importancia de los ejercicios del suelo pélvico y los hacía en mi clase de pilates con una fuerza interior proveniente del miedo a la incontinencia post-parto y a la falta de elasticidad en mis partes íntimas (algo que suena terrible). Pero la etapa avanzada de mi embarazo me reservaba una sorpresa más que pondría a prueba al más experimentado de los suelos pélvicos...

Vea usted, en la semana 34 aproximadamente (estoy absolutamente copada con esto de hablar en semanas, ahora soy una experta) o, para los desentendidos (ya les va a tocar...), en el octavo mes de embarazo, no va que me pesco un resfrío. Un resfrío inofensivo que hubiera pasado desapercibido por la vida de cualquier mortal. Pero, cuando una está embarazada y solo puede tomar Paracetamol o sucedáneos de los caramelos Tic-tac, un resfrío puede volverse muy largo... hasta puede parecer que no se acaba nunca.

¡Y si eso fuera todo! Por mucho Kegel que hubiera hecho, nada me había preparado para los estornudos. La ecuación para el desastre tenía todos los elementos: vejiga minúscula de embarazada + ganas de hacer pis constantemente + estar de pie + estornudo traicionero. Una situación muy peligrosa. Esto hizo que los días de resfrío requirieran de toda mi concentración de embarazada en su trimestre bobo... que no es poca. Y creo que al fin estoy logrando contraer los músculos correctos cada vez que me azota un estornudo. Tampoco tengo mucha opción, es eso o dejar un charquito.

¿Sería un charquito justificado? ¡Obviamente, para algo estoy gestando un ser humano en mi interior! Así que no les prometo nada, un estornudo sorpresivo y me hago pis. Siempre puedo fingir que rompí bolsa y quedo como una reina hasta que llegue a Urgencias del hospital y el ginecólogo de turno me diga "Usted no está de parto, se ha meado... Vuelva a casa". No sé. Una tiene que elegir sus batallas.


domingo, 29 de marzo de 2015

Semana 33: Mi Medico nazi no me ama

Primero debería admitir que un gran porcentaje de lo que dice mi doctor, básicamente, no lo entiendo. Todavía "no le he cogido el tranquillo" (como dirían acá) al español de España fluido y dependo en gran parte de las traducciones simultáneas que me hace mi marido.

Quizás por eso le tengo un poco de cariño a mi Médico nazi, cuando no parece agradarle a casi ninguna otra persona del mundo. Ni a mi querido esposo, ni a mi farmacéutica que todo lo sabe, ni siquiera a desconocidos a los que les hablo de mi doctor, les cae bien.

Es verdad que tiene un humor raro (al menos la parte que sí entiendo de lo que dice), es de esas personas que una no sabe si están hablando en serio o en chiste. Súmenle a eso que yo muchas veces no cazo una... Conclusión: él debe pensar que tiene una paciente un poco retardada y yo encantada de la vida. El único que se pone nervioso en el proceso es mi pobre marido.

Ya había tirado "chistes" raros, como cuando insistía en que no coma demasiados dulces y lo justificaba con la siguiente explicación: "las pacientes argentinas cuando comen dulce de leche se ponen como una foca". Oración que, sorprendentemente, es machista y racista a la vez (no carece de mérito ofensivo). Pero se necesita mucho más que oraciones trilladas para ofender a mi versión embarazada buena onda, sobretodo cuando no entiendo lo que dice ("Ignorance is bliss", decía mi profesor de yoga).

Bueno, les cuento la última... Puede ser que me haya excedido un poco con las comidas y que me haya saltado la limitación de los carbohidratos en el viaje a Sevilla, pero tampoco desbarranqué. (A propósito de mi limitación de carbohidratos: cuando me dio intolerancia a los hidratos en la prueba de la glucosa, mi médico nazi me dijo que solo podía comer una porción de harinas al día. Mi marido preguntó si era durante el embarazo solamente y él respondió "¡Vamos a decirle que es para siempre!"  al mejor estilo confidencia entre hombres cuyas esposas se van a poner como focas).

Continúo: puede ser que me hubiera excedido un poco. Con lo cual, cuando me subí a la balanza del consultorio (previo sacarme las botas, tampoco hay que escupir para arriba), el Médico nazi se quejó con un "Puff! ¡Se ha puesto usted las botas esta semana!" (una expresión española que significa comer mucho). Pero yo, en mi eterno trimestre bobo, le respondí "¡¿Me pongo las botas?!", lo que causó el jolgorio general de médico, enfermera y marido.

Porque mi Doctor nazi es así, muy quejoso y solo nos informa de lo estrictamente necesario. Nada de "está usted resplandeciente" o "le vamos a hacer un análisis para verificar esto o aquello". Yo me lo tomo con filosofía, si no me dice que haya nada malo, es que está todo bien. Y si dice algo importante, ya mi marido me lo traducirá a su debido tiempo. Mientras, sonrío y saludo como los pingüinos de Madagascar (al mejor estilo embarazada-divina). Por otro lado, mi Doctor nazi tiene pinta de haber traído muchos bebés a este mundo. Así, con mala onda y críticas semi-racistas, pero bebés al fin... y mi plan de parto incluye salir del hospital con un bebé, por lo menos.


domingo, 22 de marzo de 2015

Semana 32: El video nórdico sobre lactancia

Para la clase sobre lactancia del curso pre-parto yo estaba mucho mejor preparada que para aquella entrevista inicial con la matrona, donde me preguntó sobre mi plan de parto y me recomendó un libro ("Un regalo para toda la vida", para aquellos interesados).

Yo ya había leído el libro (seguía sin "plan de parto" per se, pero algo es algo), así que sabía sobre la producción de leche, la teta a demanda, las posiciones para vaciar los pechos y la forma que adopta la boquita del bebé cuando está tomando bien. Aunque, por mucha información que tuviera, no pensaba responder ni una de las preguntas con trampa de la matrona. 

La primera de ellas fue "¿Qué piensan ustedes de la lactancia? ¿Es buena o mala?". Clásica pregunta malintencionada y perversa. Cuando una de mis compañeras de curso respondió "Depende..", me sentí retroceder en el tiempo hasta mi época universitaria, hasta el salón de clase de Teología, cuando alguien decidía poner en duda el sistema educativo religioso (en la Universidad Católica Argentina ¡hay que ser!) y hacer una pregunta como "Si Dios existe ¿por qué permite que los niños africanos mueran de hambre?". Media clase revoleaba los ojos y se eludía mentalmente de los 45 minutos de respuesta que venían después.

Por suerte no hubo muchas más preguntas, lo que sí hubo fue un video instructivo sobre la lactancia. Un video como los de antes (en VCR) filmado quizás en los 90, en algún país nórdico de mamás pechugonas y rubias. No logré hallarlo en internet para regocijo de mis lectores, así que solo podré relatarles aquello que vi y que, con toda seguridad, me traumó para siempre.

La clave está en el concepto de "teta a demanda" o, como lo llama mi cuñado "all you can tit". Se trata de (probablemente lo hayan adivinado por su nombre) darle el pecho al bebé siempre que lo pida. Una idea con la que estoy totalmente de acuerdo, no se me rebelen, pero el video nórdico sobre lactancia llevaba esta idea hasta los límites más insospechados. 

Me esperaba la sucesión de enormes tetas rechonchas de leche donde los bebés se sumergían y afloraban después de un rato, felices y satisfechos. Pero hubo que ver también las más increíbles posiciones de amamantamiento, que incluían la rotación del bebé alrededor de la teta, la traslación de la madre alrededor del bebe y la rotación de la teta alrededor del bebé y de la mamá (si eso es posible). Posiciones que hacían que las posturas más complicadas de yoga parecieran un juego de niños.

El colofón del video fue la escena donde una familia jugaba despreocupadamente al fútbol en un parque. Mamá, papá, hijos...todos corriendo detrás de la pelota. Y de pronto, "¡Buaaa...!", llora el bebé (que estaba cómodamente apostado en un rincón) y entonces la Mamá pela teta ahí nomás en la cancha (si tengo que concretar más, cerca del área chica) y se pone a amamantar al bebé. Quiero pensar que los demás integrantes de la familia suspenden el partido. O cobran un penal. Yo no sé si mi padre admitiría este tipo de interrupciones anti-deportivas y pro-lactancia silvestre. Les dejo la inquietud. 


domingo, 15 de marzo de 2015

Semana 31: Los sillones imposibles

Me acabo de enterar que la simpática línea indeleble (también llamada meridiano Bebito-Mamá) es el resultado de que los músculos abdominales de la zona se distiendan. Se separan, se disuelven, ¡puff! desaparecen. En su lugar aparece la decorativa raya y la imposibilidad de levantarse de frente de cualquier asiento por debajo de nuestras rodillas.

Para lidiar con esto, se idean una serie de movimientos laterales, rotatorios, traslastorios y en forma de balancín que la ayudarán a una a levantarse con más o menos dignidad de las posiciones de sentada y acostada. Esto, y no la sensación de importancia general sobre una misma que tenemos durante el embarazo, es lo que hace que elijamos con mucho cuidado los asientos donde vamos a posar nuestro (probablemente agigantado) pompis.

El movimiento lateral rotatorio es muy útil para cuando una se quiere incorporar de la cama, cosa que sucede a menudo por las noches para hacer pis. "¡¿Cuánto pis?!" estará pensando usted... Pero no se trata de la cantidad sino del momento en que el bebé decide que ya hay suficiente pis en su vejiga y que le está ocupando un espacio precioso en su pequeño mundo personal. Bebito dice "pis" y allá vamos al baño. Ayuda mucho, durante el movimiento rotatorio sobre nuestro eje, sostener la panza con las manos si ya está muy grande, como para ayudar al bebé a que rote con nuestro cuerpo/envase. De otro modo, puede suceder que Mamá y Bebé queden apuntando a direcciones opuestas, en detrimento indefectible de la Mamá que empieza a sentir dolores extraños por todos lados.

Otro truco muy útil es el movimiento traslatorio que es cuando una usa su pompis y parte del tronco para realizar sinuosos desplazamientos por la superficie cual gusano (aunque más me recuerda a esa víbora de "El Principito" que se traga un elefante) o serpiente del desierto, para llegar de un lugar a otro sin tener que ponerse de costado. El efecto visual es medio triste, pero logra buenos resultados cuando, por ejemplo, la mesita de luz te queda muy lejos de la cama o cuando te estás escapando del colchoncito de pilates en medio de una clase.

El movimiento de balancín lateral es más para tomar ánimo que verdaderamente útil. Es la opción a la que recurre una cuando el asiento en el que tuvo la mala idea de sentarse es uno de esos sillones imposiblemente bajos. El balanceo a un lado y al otro, con aspavientos de brazos y concentración máxima suelen ayudar a que eventualmente una se pueda incorporar. Pero con mucha dificultad y demostrando que las clases de pilates no están ayudando en nada a nuestro estado atlético general.

De última siempre queda la opción menos digna pero inversamente proporcional en eficiencia: estirar los brazos en dirección a alguien, como un nene que quedó atorado en el inodoro, y esperar que esa alma caritativa se apiade y tire de una hasta que volvamos a posición vertical. ¡Gracias, mundo!