Primero debería admitir que un gran porcentaje de lo que dice mi doctor, básicamente, no lo entiendo. Todavía "no le he cogido el tranquillo" (como dirían acá) al español de España fluido y dependo en gran parte de las traducciones simultáneas que me hace mi marido.
Quizás por eso le tengo un poco de cariño a mi Médico nazi, cuando no parece agradarle a casi ninguna otra persona del mundo. Ni a mi querido esposo, ni a mi farmacéutica que todo lo sabe, ni siquiera a desconocidos a los que les hablo de mi doctor, les cae bien.
Es verdad que tiene un humor raro (al menos la parte que sí entiendo de lo que dice), es de esas personas que una no sabe si están hablando en serio o en chiste. Súmenle a eso que yo muchas veces no cazo una... Conclusión: él debe pensar que tiene una paciente un poco retardada y yo encantada de la vida. El único que se pone nervioso en el proceso es mi pobre marido.
Ya había tirado "chistes" raros, como cuando insistía en que no coma demasiados dulces y lo justificaba con la siguiente explicación: "las pacientes argentinas cuando comen dulce de leche se ponen como una foca". Oración que, sorprendentemente, es machista y racista a la vez (no carece de mérito ofensivo). Pero se necesita mucho más que oraciones trilladas para ofender a mi versión embarazada buena onda, sobretodo cuando no entiendo lo que dice ("Ignorance is bliss", decía mi profesor de yoga).
Bueno, les cuento la última... Puede ser que me haya excedido un poco con las comidas y que me haya saltado la limitación de los carbohidratos en el viaje a Sevilla, pero tampoco desbarranqué. (A propósito de mi limitación de carbohidratos: cuando me dio intolerancia a los hidratos en la prueba de la glucosa, mi médico nazi me dijo que solo podía comer una porción de harinas al día. Mi marido preguntó si era durante el embarazo solamente y él respondió "¡Vamos a decirle que es para siempre!" al mejor estilo confidencia entre hombres cuyas esposas se van a poner como focas).
Continúo: puede ser que me hubiera excedido un poco. Con lo cual, cuando me subí a la balanza del consultorio (previo sacarme las botas, tampoco hay que escupir para arriba), el Médico nazi se quejó con un "Puff! ¡Se ha puesto usted las botas esta semana!" (una expresión española que significa comer mucho). Pero yo, en mi eterno trimestre bobo, le respondí "¡¿Me pongo las botas?!", lo que causó el jolgorio general de médico, enfermera y marido.
Porque mi Doctor nazi es así, muy quejoso y solo nos informa de lo estrictamente necesario. Nada de "está usted resplandeciente" o "le vamos a hacer un análisis para verificar esto o aquello". Yo me lo tomo con filosofía, si no me dice que haya nada malo, es que está todo bien. Y si dice algo importante, ya mi marido me lo traducirá a su debido tiempo. Mientras, sonrío y saludo como los pingüinos de Madagascar (al mejor estilo embarazada-divina). Por otro lado, mi Doctor nazi tiene pinta de haber traído muchos bebés a este mundo. Así, con mala onda y críticas semi-racistas, pero bebés al fin... y mi plan de parto incluye salir del hospital con un bebé, por lo menos.
Quizás por eso le tengo un poco de cariño a mi Médico nazi, cuando no parece agradarle a casi ninguna otra persona del mundo. Ni a mi querido esposo, ni a mi farmacéutica que todo lo sabe, ni siquiera a desconocidos a los que les hablo de mi doctor, les cae bien.
Es verdad que tiene un humor raro (al menos la parte que sí entiendo de lo que dice), es de esas personas que una no sabe si están hablando en serio o en chiste. Súmenle a eso que yo muchas veces no cazo una... Conclusión: él debe pensar que tiene una paciente un poco retardada y yo encantada de la vida. El único que se pone nervioso en el proceso es mi pobre marido.
Ya había tirado "chistes" raros, como cuando insistía en que no coma demasiados dulces y lo justificaba con la siguiente explicación: "las pacientes argentinas cuando comen dulce de leche se ponen como una foca". Oración que, sorprendentemente, es machista y racista a la vez (no carece de mérito ofensivo). Pero se necesita mucho más que oraciones trilladas para ofender a mi versión embarazada buena onda, sobretodo cuando no entiendo lo que dice ("Ignorance is bliss", decía mi profesor de yoga).
Bueno, les cuento la última... Puede ser que me haya excedido un poco con las comidas y que me haya saltado la limitación de los carbohidratos en el viaje a Sevilla, pero tampoco desbarranqué. (A propósito de mi limitación de carbohidratos: cuando me dio intolerancia a los hidratos en la prueba de la glucosa, mi médico nazi me dijo que solo podía comer una porción de harinas al día. Mi marido preguntó si era durante el embarazo solamente y él respondió "¡Vamos a decirle que es para siempre!" al mejor estilo confidencia entre hombres cuyas esposas se van a poner como focas).
Continúo: puede ser que me hubiera excedido un poco. Con lo cual, cuando me subí a la balanza del consultorio (previo sacarme las botas, tampoco hay que escupir para arriba), el Médico nazi se quejó con un "Puff! ¡Se ha puesto usted las botas esta semana!" (una expresión española que significa comer mucho). Pero yo, en mi eterno trimestre bobo, le respondí "¡¿Me pongo las botas?!", lo que causó el jolgorio general de médico, enfermera y marido.
Porque mi Doctor nazi es así, muy quejoso y solo nos informa de lo estrictamente necesario. Nada de "está usted resplandeciente" o "le vamos a hacer un análisis para verificar esto o aquello". Yo me lo tomo con filosofía, si no me dice que haya nada malo, es que está todo bien. Y si dice algo importante, ya mi marido me lo traducirá a su debido tiempo. Mientras, sonrío y saludo como los pingüinos de Madagascar (al mejor estilo embarazada-divina). Por otro lado, mi Doctor nazi tiene pinta de haber traído muchos bebés a este mundo. Así, con mala onda y críticas semi-racistas, pero bebés al fin... y mi plan de parto incluye salir del hospital con un bebé, por lo menos.
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