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domingo, 19 de abril de 2015

Semana 36: Preparados...

Todo lo relativo a Bebito me parecía feliz. Inclusive las idas al baño cada 5 minutos, el agotamiento de andar por la vida con una panza gigante y la acidez que, según las mujeres de mi familia, te da cuando el bebé es muy peludo. Todo me parecía maravilloso... hasta que un día conocí las bombachas post-parto y se me fue la ilusión de un plumazo.

Por si no han tenido el gusto de conocerlas, son como shorts gigantes hechos de gasa (de la de hospital, no la de los vestidos). De las cosas más anti-eróticas que vi en mi vida.

En la misma ida al supermercado en la que nos trajimos pañales, lociones y ungüentos varios; me crucé con las "bragas post-parto" y, puesto que nos habían sido ampliamente recomendadas por la matrona en el curso, agarré un paquete. Parecían inofensivas. Eran ofensivas. En el momento en que las abrí pensé "No me podés hacer esto, Bebito...", pero ya era tarde.

Unos cuantos días después, en plena utilización de las horrendas bombachas (además, en combinación con las toallitas post-parto que son igual de horribles), agradecí que existieran. Pero en ese momento, me dediqué a odiarlas. Se presentaron ante mí para recordarme la faceta más temida del embarazo: el parto.

El bolso de Bebito para el hospital estaba listo. El bolso de Mamita... no tanto. Solo tenía las bombachas post-parto y un neceser con las cosas del baño. ¿Qué más, qué más?

***

Otra vez en lo de la matrona (aunque ya ni me acuerdo para qué fui) y me encontré de nuevo en la enorme sala/gimnasio de embarazadas donde hicimos el curso pre-parto. Solo que esta vez, cuando al fin logré sentarme en la colchoneta, la matrona dijo "Vamos a intentar un pujo, pero en serio".

"¡Chan!" pensé yo.

Como lo habíamos practicado tantas veces, me agarré de las rodillas, tomé todo el aire del mundo y antes de exhalarlo pujé haciendo fuerza hacia abajo. Imaginándome, como nos pidió la matrona, que Bebito se deslizaba por un canalón (aunque no sé como me siento llamándole "canalón" a mi vagina, pero bueno... mejor canalón que canaletita, en ese caso).

"¡Lo haces muy bien! Tu bebé tiene suerte de tener una mamá así" dijo la matrona. Y yo me sentí tan orgullosa, tan preparada y tan MAMÁ que esa misma noche empezaría una de las experiencias más alucinantes de mi vida. ¡Y el resultado sería un Bebito!


domingo, 12 de abril de 2015

Semana 35: Tener todo listo, una expresión de deseo

Era mi intención tener todo listo antes de la llegada de Bebito y además, tenía tiempo para hacerlo. Ya en Nueva Zelanda, entre visita y visita a Dr. Neil, soñaba con volver a casa y empezar a preparar el cuarto del bebe. Anotaba ideas y guardaba fotos de todo lo que iba a hacer. Era mi happy place en el que pensar cuando me despertaba a las 4 am con acidez.

Sé que la estoy predisponiendo mal, querida lectora, pero esta historia tiene un final feliz... Porque, ni bien llegué a España, me dediqué a comprar almohadones con barquitos y autos, a recortar animalitos en cartulina, a decorar el placard con conejos y a ordenar los peluches del bebé de forma graciosa. Hasta pegué un enorme cartel que decía "Bienvenido", un regalo de mi Mamá que venía desde Argentina.

Es una de las cosas más lindas del embarazo: preparar todo. Eso sí, mientras yo diseñaba chanchitos en cartulinas de colores y pegaba conejos por todos lados, mi marido se ocupaba de cosas mucho menos creativas (aunque casi tan importantes) como comprar el cochecito. Lo que se dice, un trabajo en equipo.

Después vino el período de comprar los pañales que consistió en pararnos durante media hora en la góndola de pañales del supermercado y salir con un paquete de cada talle porque no sabíamos qué tamaño tendría Bebito para cuando volviéramos del hospital. Además de los pañales 0+, 1 y 2, vinieron a casa muchas toallitas húmedas, gel de baño, loción para bebés y un aceite Johnson's Baby que siempre quise comprar aunque verdaderamente creo que no tiene utilidad práctica. De cualquier modo, todo el conjunto quedó hermoso en el cuarto de Bebito.

Luego hubo que lidiar con la ropita. Primero: cortar las miles de etiquetas corto-punzantes que le ponen a cada prenda (¡algunas son tan largas que superan a la ropa misma!). Me gustaría saber qué clase de psicópata diseña la ropa de bebés y me pregunto si los odia... porque convengamos que, por mucho algodón de oveja baby que usen para confeccionar la ropa después le ponen esas etiquetas vengativas que nos molestarían hasta a los adultos.

Ya etiquetas-free, lavé la ropa de Bebito con un jabón hipoalergénico para pieles extra-sensibles que, como tenía la foto de un bebé en la etiqueta, asumí que era para ropa de bebés... Unas cuantas semanas más tarde (y muchos lavados después), descubriría que lo que yo había comprado como jabón era en realidad, suavizante. Así que solo suavicé la ropa de Bebito, básicamente. ¡Eso sí! Después planché todo, por muy minúsculo que fuera, porque el calor mata los ácaros (cuando pregunté qué eran, mi Madre me dijo "son arañas") y ¡¿quién quiere arañas en la ropa de sus bebés?!

Así que acá estoy, bandeándome entre ser una buena futura mamá, responsable del hábitat y de la salud de mi hijo, y metiendo la pata olímpicamente cada tanto. En mi opinión: el equilibrio perfecto.


domingo, 5 de abril de 2015

Semana 34: Los peligros de estornudar en la semana 34

Ya no me quedaban dudas sobre la importancia de los ejercicios del suelo pélvico y los hacía en mi clase de pilates con una fuerza interior proveniente del miedo a la incontinencia post-parto y a la falta de elasticidad en mis partes íntimas (algo que suena terrible). Pero la etapa avanzada de mi embarazo me reservaba una sorpresa más que pondría a prueba al más experimentado de los suelos pélvicos...

Vea usted, en la semana 34 aproximadamente (estoy absolutamente copada con esto de hablar en semanas, ahora soy una experta) o, para los desentendidos (ya les va a tocar...), en el octavo mes de embarazo, no va que me pesco un resfrío. Un resfrío inofensivo que hubiera pasado desapercibido por la vida de cualquier mortal. Pero, cuando una está embarazada y solo puede tomar Paracetamol o sucedáneos de los caramelos Tic-tac, un resfrío puede volverse muy largo... hasta puede parecer que no se acaba nunca.

¡Y si eso fuera todo! Por mucho Kegel que hubiera hecho, nada me había preparado para los estornudos. La ecuación para el desastre tenía todos los elementos: vejiga minúscula de embarazada + ganas de hacer pis constantemente + estar de pie + estornudo traicionero. Una situación muy peligrosa. Esto hizo que los días de resfrío requirieran de toda mi concentración de embarazada en su trimestre bobo... que no es poca. Y creo que al fin estoy logrando contraer los músculos correctos cada vez que me azota un estornudo. Tampoco tengo mucha opción, es eso o dejar un charquito.

¿Sería un charquito justificado? ¡Obviamente, para algo estoy gestando un ser humano en mi interior! Así que no les prometo nada, un estornudo sorpresivo y me hago pis. Siempre puedo fingir que rompí bolsa y quedo como una reina hasta que llegue a Urgencias del hospital y el ginecólogo de turno me diga "Usted no está de parto, se ha meado... Vuelva a casa". No sé. Una tiene que elegir sus batallas.


domingo, 29 de marzo de 2015

Semana 33: Mi Medico nazi no me ama

Primero debería admitir que un gran porcentaje de lo que dice mi doctor, básicamente, no lo entiendo. Todavía "no le he cogido el tranquillo" (como dirían acá) al español de España fluido y dependo en gran parte de las traducciones simultáneas que me hace mi marido.

Quizás por eso le tengo un poco de cariño a mi Médico nazi, cuando no parece agradarle a casi ninguna otra persona del mundo. Ni a mi querido esposo, ni a mi farmacéutica que todo lo sabe, ni siquiera a desconocidos a los que les hablo de mi doctor, les cae bien.

Es verdad que tiene un humor raro (al menos la parte que sí entiendo de lo que dice), es de esas personas que una no sabe si están hablando en serio o en chiste. Súmenle a eso que yo muchas veces no cazo una... Conclusión: él debe pensar que tiene una paciente un poco retardada y yo encantada de la vida. El único que se pone nervioso en el proceso es mi pobre marido.

Ya había tirado "chistes" raros, como cuando insistía en que no coma demasiados dulces y lo justificaba con la siguiente explicación: "las pacientes argentinas cuando comen dulce de leche se ponen como una foca". Oración que, sorprendentemente, es machista y racista a la vez (no carece de mérito ofensivo). Pero se necesita mucho más que oraciones trilladas para ofender a mi versión embarazada buena onda, sobretodo cuando no entiendo lo que dice ("Ignorance is bliss", decía mi profesor de yoga).

Bueno, les cuento la última... Puede ser que me haya excedido un poco con las comidas y que me haya saltado la limitación de los carbohidratos en el viaje a Sevilla, pero tampoco desbarranqué. (A propósito de mi limitación de carbohidratos: cuando me dio intolerancia a los hidratos en la prueba de la glucosa, mi médico nazi me dijo que solo podía comer una porción de harinas al día. Mi marido preguntó si era durante el embarazo solamente y él respondió "¡Vamos a decirle que es para siempre!"  al mejor estilo confidencia entre hombres cuyas esposas se van a poner como focas).

Continúo: puede ser que me hubiera excedido un poco. Con lo cual, cuando me subí a la balanza del consultorio (previo sacarme las botas, tampoco hay que escupir para arriba), el Médico nazi se quejó con un "Puff! ¡Se ha puesto usted las botas esta semana!" (una expresión española que significa comer mucho). Pero yo, en mi eterno trimestre bobo, le respondí "¡¿Me pongo las botas?!", lo que causó el jolgorio general de médico, enfermera y marido.

Porque mi Doctor nazi es así, muy quejoso y solo nos informa de lo estrictamente necesario. Nada de "está usted resplandeciente" o "le vamos a hacer un análisis para verificar esto o aquello". Yo me lo tomo con filosofía, si no me dice que haya nada malo, es que está todo bien. Y si dice algo importante, ya mi marido me lo traducirá a su debido tiempo. Mientras, sonrío y saludo como los pingüinos de Madagascar (al mejor estilo embarazada-divina). Por otro lado, mi Doctor nazi tiene pinta de haber traído muchos bebés a este mundo. Así, con mala onda y críticas semi-racistas, pero bebés al fin... y mi plan de parto incluye salir del hospital con un bebé, por lo menos.


domingo, 22 de marzo de 2015

Semana 32: El video nórdico sobre lactancia

Para la clase sobre lactancia del curso pre-parto yo estaba mucho mejor preparada que para aquella entrevista inicial con la matrona, donde me preguntó sobre mi plan de parto y me recomendó un libro ("Un regalo para toda la vida", para aquellos interesados).

Yo ya había leído el libro (seguía sin "plan de parto" per se, pero algo es algo), así que sabía sobre la producción de leche, la teta a demanda, las posiciones para vaciar los pechos y la forma que adopta la boquita del bebé cuando está tomando bien. Aunque, por mucha información que tuviera, no pensaba responder ni una de las preguntas con trampa de la matrona. 

La primera de ellas fue "¿Qué piensan ustedes de la lactancia? ¿Es buena o mala?". Clásica pregunta malintencionada y perversa. Cuando una de mis compañeras de curso respondió "Depende..", me sentí retroceder en el tiempo hasta mi época universitaria, hasta el salón de clase de Teología, cuando alguien decidía poner en duda el sistema educativo religioso (en la Universidad Católica Argentina ¡hay que ser!) y hacer una pregunta como "Si Dios existe ¿por qué permite que los niños africanos mueran de hambre?". Media clase revoleaba los ojos y se eludía mentalmente de los 45 minutos de respuesta que venían después.

Por suerte no hubo muchas más preguntas, lo que sí hubo fue un video instructivo sobre la lactancia. Un video como los de antes (en VCR) filmado quizás en los 90, en algún país nórdico de mamás pechugonas y rubias. No logré hallarlo en internet para regocijo de mis lectores, así que solo podré relatarles aquello que vi y que, con toda seguridad, me traumó para siempre.

La clave está en el concepto de "teta a demanda" o, como lo llama mi cuñado "all you can tit". Se trata de (probablemente lo hayan adivinado por su nombre) darle el pecho al bebé siempre que lo pida. Una idea con la que estoy totalmente de acuerdo, no se me rebelen, pero el video nórdico sobre lactancia llevaba esta idea hasta los límites más insospechados. 

Me esperaba la sucesión de enormes tetas rechonchas de leche donde los bebés se sumergían y afloraban después de un rato, felices y satisfechos. Pero hubo que ver también las más increíbles posiciones de amamantamiento, que incluían la rotación del bebé alrededor de la teta, la traslación de la madre alrededor del bebe y la rotación de la teta alrededor del bebé y de la mamá (si eso es posible). Posiciones que hacían que las posturas más complicadas de yoga parecieran un juego de niños.

El colofón del video fue la escena donde una familia jugaba despreocupadamente al fútbol en un parque. Mamá, papá, hijos...todos corriendo detrás de la pelota. Y de pronto, "¡Buaaa...!", llora el bebé (que estaba cómodamente apostado en un rincón) y entonces la Mamá pela teta ahí nomás en la cancha (si tengo que concretar más, cerca del área chica) y se pone a amamantar al bebé. Quiero pensar que los demás integrantes de la familia suspenden el partido. O cobran un penal. Yo no sé si mi padre admitiría este tipo de interrupciones anti-deportivas y pro-lactancia silvestre. Les dejo la inquietud. 


domingo, 15 de marzo de 2015

Semana 31: Los sillones imposibles

Me acabo de enterar que la simpática línea indeleble (también llamada meridiano Bebito-Mamá) es el resultado de que los músculos abdominales de la zona se distiendan. Se separan, se disuelven, ¡puff! desaparecen. En su lugar aparece la decorativa raya y la imposibilidad de levantarse de frente de cualquier asiento por debajo de nuestras rodillas.

Para lidiar con esto, se idean una serie de movimientos laterales, rotatorios, traslastorios y en forma de balancín que la ayudarán a una a levantarse con más o menos dignidad de las posiciones de sentada y acostada. Esto, y no la sensación de importancia general sobre una misma que tenemos durante el embarazo, es lo que hace que elijamos con mucho cuidado los asientos donde vamos a posar nuestro (probablemente agigantado) pompis.

El movimiento lateral rotatorio es muy útil para cuando una se quiere incorporar de la cama, cosa que sucede a menudo por las noches para hacer pis. "¡¿Cuánto pis?!" estará pensando usted... Pero no se trata de la cantidad sino del momento en que el bebé decide que ya hay suficiente pis en su vejiga y que le está ocupando un espacio precioso en su pequeño mundo personal. Bebito dice "pis" y allá vamos al baño. Ayuda mucho, durante el movimiento rotatorio sobre nuestro eje, sostener la panza con las manos si ya está muy grande, como para ayudar al bebé a que rote con nuestro cuerpo/envase. De otro modo, puede suceder que Mamá y Bebé queden apuntando a direcciones opuestas, en detrimento indefectible de la Mamá que empieza a sentir dolores extraños por todos lados.

Otro truco muy útil es el movimiento traslatorio que es cuando una usa su pompis y parte del tronco para realizar sinuosos desplazamientos por la superficie cual gusano (aunque más me recuerda a esa víbora de "El Principito" que se traga un elefante) o serpiente del desierto, para llegar de un lugar a otro sin tener que ponerse de costado. El efecto visual es medio triste, pero logra buenos resultados cuando, por ejemplo, la mesita de luz te queda muy lejos de la cama o cuando te estás escapando del colchoncito de pilates en medio de una clase.

El movimiento de balancín lateral es más para tomar ánimo que verdaderamente útil. Es la opción a la que recurre una cuando el asiento en el que tuvo la mala idea de sentarse es uno de esos sillones imposiblemente bajos. El balanceo a un lado y al otro, con aspavientos de brazos y concentración máxima suelen ayudar a que eventualmente una se pueda incorporar. Pero con mucha dificultad y demostrando que las clases de pilates no están ayudando en nada a nuestro estado atlético general.

De última siempre queda la opción menos digna pero inversamente proporcional en eficiencia: estirar los brazos en dirección a alguien, como un nene que quedó atorado en el inodoro, y esperar que esa alma caritativa se apiade y tire de una hasta que volvamos a posición vertical. ¡Gracias, mundo!



domingo, 8 de marzo de 2015

Semana 30: "Hoy vamos a hacer los pujos"

El curso pre-parto es de lo más instructivo. No sé de cuánta utilidad será cuando llegue el momento de la verdad pero, al menos mientras espero, me entretengo un poco. ¡Y no solo yo! Mi querido marido también y, en ocasiones, hasta Bebito se entretiene un rato (aunque en general aprovecha el curso para dormir y no parece demasiado interesado en cómo va a salir de mi útero)

Así y todo, no pude dejar de sorprenderme (un déjà-vú de aquella vez en que la profesora de pilates dijo "Contrae la vagina") cuando la matrona anunció a la clase con solemnidad y su característica sonrisa de matrona sabedora de cosas que nosotras no sabemos: "Hoy vamos a hacer los pujos". Chan. Doble chan. Bebito abrió un ojo y frunció el ceño como diciendo "¿De qué estás hablando, Willis?".

Practicar los pujos en un enorme salón de clases y acompañada por otras 25 mamás y sus parejas, cuidadosamente colocadas en forma de semi círculo sobre colchonetas para que todas nos veamos los respectivos canales de parto, es un tanto incómodo. Y no solo por la posición que hay que adoptar (agarrándose de las rodillas y exponiendo todo nuestro poco entrenado suelo pélvico al mundo) sino también porque es solo un simulacro. No hay que hacer fuerza verdaderamente (de hecho, hacer fuerza podría causar inconvenientes serios, como hacerte pis o dejar escapar una ventosidad), solo hay que hacer como que una hace fuerza. Es un asunto delicado.

Sin menospreciar su utilidad práctica, debo admitir que no salí de la clase sintiéndome especialmente preparada para el parto. Y encima tuve que aguantarme la cara de desaprobación de la matrona (¡¿es que nunca logramos hacer nada bien para usted?!) y las patadas furiosas de Bebito que pensaba que lo estaba desalojando antes de tiempo... Tranquilo, mi cielo, por ahora ni vos ni yo ni Papá sabemos cómo vamos a salir de este embrollo, pero algo me dice que ya nos llegará la inspiración.


domingo, 1 de marzo de 2015

Semana 29: Mamás buena onda vs. Mamás mala onda

Cada vez que la profesora de pilates para embarazadas entra en la clase y pregunta "¿Cómo andan, mamás?" alguna contesta "Muy bien" (yo, generalmente) y otra responde "Acá andamos..." con cara de circunstancia.

Y así es durante todo el embarazo. Hay Mamás buena onda y Mamás mala onda. Me gusta pensar que pertenezco a la primera mitad pero debo reconocer que detrás de esta sencilla categorización, suele haber razones. ¿Cuáles? Fundamentalmente cómo se siente una durante estos nueve meses. Eso, y no tu concepto previo de cómo vas a encarar el estado de maternidad, es lo que hace la diferencia.

Imagínense un primer trimestre con náuseas permanentes, vomitando por los rincones, sin poder comer nada... Eso pondría de mal humor a cualquiera, convirtiendo una persona de otra manera agradable, rápidamente en una Mamá mala onda, de esas que en vez de vivir su embarazo como un período lleno de magia, te miran por encima de sus ojeras y te responden "Período mágico, las pelotas". Una embarazada gruñona siempre es divertida.

La verdad sea dicha: tampoco es lo que se dice mágico. Especial sí que es, pero tanto como mágico... tanto como "Estás radiante" y cosas similares... es estirarlo demasiado.

Porque a veces no hace más que empeorar desde las náuseas iniciales. Mi pobre compañera de pilates que contesta "Acá andamos..." puede tener más que suficientes razones para quejarse: existe el estreñimiento y (a la vez, como un chiste de la naturaleza) la diarrea, existe la tendinitis debido al embarazo, la diabetes gestacional, los fuertes dolores en el hueso pélvico, la acidez incendiaria, el síndrome de las piernas cansadas (o, como me gusta llamarlo: la ansiedad en las patas, que es la sensación nocturna de haber corrido una maratón sin moverte de tu cama), existen también bebés que patean todo el tiempo, tus costillas, tu vejiga, existen bebés que intentan escaparse por el ombligo, hay rozaduras, hinchazones, pérdidas, oscurecimientos, ardores, picazón...

Y para todo eso y más, solo se puede tomar Paracetamol, que viene a ser como la Aspirineta que te daban en el colegio cuando te caías en el patio de lajas y te hacías torta las rodillas contra las baldosas: hay que ponerle mucha onda para que funcione.

Aún así, hay Mamás buena onda con los malestares del embarazo y todo... ¿Por qué? Y lo pregunto bien, no con odio sarcástico como lo preguntan algunas. Porque no se crean que ser una Mamá buena onda no tiene su precio: las otras Mamás te discriminan... tu embarazo pasa a ser menos digno si vas por ahí con una sonrisa. Es un período en donde parece que hay que establecer una cuota de quejosidad para que el gozo de traer un niño al mundo no se desborde y parezca una escena de "La novicia rebelde". Embarazadas felices sí, pero tampoco tanto como para que los hombres (y las mujeres que no tienen hijos) crean que está bueno estar embarazada. No sea cosa.

¿Sabe qué, señora? Me da igual, me parece todo una gran estupidez. Esto es lo que hay por ahora: nueve meses de un alien creciendo adentro tuyo y haciendo todo tipo de actividades. A veces en detrimento de tu salud, ¿para qué negarlo? Como el gordo que se sienta al lado tuyo en el colectivo y te ocupa medio asiento o la señora que habla por teléfono a todo volúmen en el subte y no te deja concentrarte en la lectura. Incomodidades de la vida. Si querés ponerle buena onda, vivirlo como una montaña rusa de sensaciones que te sorprenderán a cada paso y en el camino escribir un blog para hacer reír un rato; me parece fantástico. Y sino, siempre podés tomarte un Paracetamol y esperar tiempos mejores.


domingo, 22 de febrero de 2015

Semana 28: En el curso pre-parto

Quizás una de las experiencias más divertidas del embarazo es el curso pre-parto. O, hablando con propiedad ibérica, el curso de preparación al parto.

La absoluta ignorancia sobre procesos como la dilatación o la lactancia puede contribuir a hacerlo aún más divertido. Pero no necesariamente la propia, la de sus compañeras o, mejor aún, la de las parejas...

Aclaración aparte: he notado en los profesionales de la salud españoles que rodean al embarazo un rechazo casi patológico a decir "marido", "esposo" o equivalentes. Se oye mucho más la expresión "tu chico" o, neutralizando al máximo las relaciones intra-domésticas "tu pareja".

Yo, que estoy condenada a pensar como abogada para siempre, voy a seguir refiriéndome a mi marido como "mi marido". En parte porque suena distinguido (o no, señora?) y por otro lado, porque me da derechos sucesorios, patrimoniales y sociales sobre su persona. De ahí el pronombre "mi". Simplemente no me convence denominar "mi chico" a quien tiene la potestad de desenchufarme si estoy en coma. No querría predisponerlo mal... Y ahora que lo pienso, también voy a agregar "querido" a la fórmula. A ver si piensa usted que por ser marido no lo quiero tanto. Mi querido marido. Mío. Querido. Y legalmente responsable.

Como decía una querida amiga "¡Que hablar bien no cuesta una mi*rda y da un beneficio de la p*ta madre!"

Aclarado el tema vocabulario, paso a continuar con el relato: La primera clase del curso pre-parto nos sorprendió con una amplia concurrencia, sobre todo con una enorme cantidad de padres (o figuras biológicamente masculinas de paternidad asumida y aparentemente responsables por los fetos que se están desarrollando en el vientre de sus acompañantes).

La matrona volvió a intentarlo con las preguntas sin respuesta que, en realidad, tienen múltiples respuestas pero son todas incorrectas. Sea cual fuere la respuesta, su reacción es siempre la misma: "mmmno..." con la cabeza ladeada y todo. Yo ya había aprendido este truquito de la hábil señora así que ni intenté responder nada. Pero me tomó 3 clases convencer a mi querido marido de que no había respuesta correcta a sus preguntas (él no puede resistirse a una demostración pública de conocimiento). Recién la última clase dijo en voz baja, como intentando ayudar a sus compañeros de armas "No contesten, es una trampa" pero la concurrencia no hizo caso.

El problema de la falta de fluidez en la dinámica del curso no solo responde a las preguntas incontestables de la matrona (y conste que ella espera pacientemente y escucha hasta 3 o 4 respuestas incorrectas cada vez), también contribuyen a esta incomunicación las aportaciones de las futuras mamás y papás.

La peor que escuché hasta ahora (porque tampoco vamos a estar riéndonos de mis pobres compañeras y sus dudas perfectamente válidas) fue la siguiente:

La matrona estaba explicando cuándo debíamos ir al hospital porque estamos de parto. Contaba sobre la bolsa rota, un sangrado, el líquido amniótico... y decía que las primeras horas no se hace mucho, así que no hay necesidad de salir corriendo al hospital. "Podemos darnos una ducha y revisar el bolso con tranquilidad antes de salir de casa", decía. Y entonces, una de las concurrentes preguntó: "¿Hay una hora límite para ir al hospital?"

No sé lo que le respondió la matrona porque ahí yo desconecté, incapaz de dejar de imaginarme la hora límite de la que hablaba mi compañera futura mamá. ¿Hora límite? Claro, señora, si usted ve que el niño se le salió del cuerpo, ya ni vaya a la sala de parto. El trabajo está hecho.

O peor: ¿Hora límite? Pues va a ser que sí. Si usted no se presenta en el hospital durante las primeras 12 horas, ya no vaya porque no la admiten. Y tiene que dar a luz en el parquecito frente a la sala de maternidad. Lo bueno es que después sí que puede ingresar con su bebé a pediatría directamente.