"Tiene que ponerse en contacto con su matrona para hacer el curso de preparación al parto..." dijo el Dr. español cuyo apellido no me acuerdo pero que suena a Goebbels (y aunque es un señor muy ario en sí mismo, dudo que lo hubieran aceptado en las SS porque siempre anda con la camisa abierta hasta la mitad del pecho, un comportamiento inaceptable para gente tan puntillosa como los nazis).
A mi Centro de Salud fui en busca de mi matrona que resultó ser una de estas señoras dulces que hablan muy lentamente, ladean la cabeza y sonríen al vacío. Asocié su actitud a una excesiva cantidad de bebés en su vida y, tal vez, a alguna medicación. Después de repasar conmigo la lista de los alimentos desaconsejados (que son muchos y me restringen terriblemente la dieta mediterránea que tan sana era anteriormente), me anotó para el curso de preparación al parto (asumo que es el homólogo a nuestro curso "pre-parto" solo que con nombre completo).
Antes de irme se me ocurrió hacerle algunas preguntas que tenía... Maldigo el momento. Inmediatamente ella me contestó con otras del estilo "¿Qué sabés de la epidural?" y "¿Cuál es tu plan de parto?". No le gustó cuando le respondí respectivamente "No mucho" y "Solo evitar la cesárea en la medida de lo posible". Ladeó la cara y me sonrió condescendientemente. Y con esa mirada reprochatoria socialmente aceptada que tanto odio me quiso decir "Piba, vos no tenés ni idea".
¡Y no la tengo, señora! Pensé que para eso era el curso pre-parto... ¡Perdón! El curso de preparación al parto. ¿O requiere conocimientos previos? Le puedo decir ya mismo, sin miedo a equivocarme dónde tengo a Bebito, qué parte de mi cuerpo voy a usar para la lactancia y qué orificio se va a resentir un poco cuando el bebé venga a este mundo.
Solo respondí correctamente a la pregunta sobre si iba a amamantar. Al contestarle que sí, exclamó un "Muy bien" y yo como una tarada me sentí pre-aprobada por el sistema sanitario español para traer un niño al mundo. Porque ser el receptáculo de la tarea de reproducción humana en la naturaleza, evidentemente, ya no es suficiente. En clara desigualdad de condiciones con respecto al resto de embarazadas del mundo (o al menos, así lo sentí en el momento), me fui cabizbaja del centro de salud con una última recomendación, la peor: leer un libro.
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