domingo, 18 de enero de 2015

Semana 23: El Test de la Glucosa

Para esta altura sabrá que Bebito es un niño de gestación internacional y, como tal, tuvo ya más médicos que meses de vida. No contábamos con que, además, cuando llegáramos a España nuestro obstetra estaría de vacaciones y por lo tanto fuera otra la médica que nos mandara a hacer los análisis, entre ellos, el de la glucosa (que ahora sé que es medio importante).

Vaya a saber uno qué habrá pasado entre mi médico nazi y la que nos atendió al principio, pero resulta que al Dr. Goebbels no le gustaron los resultados de los análisis (de hecho llamó la médica con un vocablo indescifrable que después mi marido dijo que era el equivalente español a "pijotera") y me mandó a hacer el de Test de la Glucosa extendido. Se llama algo así como "glucosa de 100ml" y consiste en ir a pasarse un bonito día al laboratorio.

Me explico (para las que desconozcan): después de sacarle sangre a una y de tomar un líquido glucósico en ayunas (que es como el almíbar de los duraznos pero sin el dulce de leche), el personal de enfermería procede a extraerle sangre cada hora pero no una vez, ni dos veces... sino hasta tres veces para comprobar cómo absorbe el organismo la glucosa. Mi cerebro poco hábil para las matemáticas hizo este cálculo terriblemente rápido (se ve que el pánico agudiza los sentidos en serio): 4 pinchazos en total. Un verdadero desafío para mí... Mi Everest de las extracciones de sangre hasta ahora.

Quizás debería haber empezado por el principio: odio las agujas. Aún más que las arañas porque éstas no se me introducen en el cuerpo (ufff... ahí le dejo una imagen mental para no dormir). Las agujas y yo no nos llevamos bien desde un verano en que casi tengo hepatitis y me sacaron sangre muchas veces para comprobarlo...y de ambos brazos porque mis venitas estaban tan encogidas del miedo que ni sangre tenían.

Pero déjeme aclarar este miedo, señora, porque me lo confunden constantemente con el vulgar miedo al pinchazo y no es eso. El pinchazo es feo y antinatural pero pasa sin pena ni gloria para mí. Lo que me desconfigura todo el sistema operativo es cuando me sacan la aguja del brazo y yo la siento: esos minúsculos milímetros de metal deslizándose como una lombriz sanitaria entre mi piel. Es esa sensación la que me saca abruptamente del mundo de los conscientes y me lleva al de los sueños, que es mucho más lindo. Y para colmo,  mi mente no para de reproducirme esa sensación para torturarme y con la idea de devolverme al mundo de los desmayos otra vez, aún muchos minutos después del hecho.

Gracias a un serio trabajo de mentalización, las últimas 2 veces había logrado sacarme sangre y salir victoriosa (y, más importante, consciente) del laboratorio. Pero esta vez, como le advertí, me enfrentaba al Everest de las extracciones.

Allá estaba yo en el hospital, en ayunas y reconciliada con mi destino (la fatalidad obra de manera calma en mí, por suerte) y al fin me tocó el turno, estiré el bracito y de pronto la enfermera me dijo "Voy a dejarte puesta una vía, para que sea más fácil". ¡¿Una vía?! ¿Qué instrumental de tortura moderno es aquel que extiende la temible sensación del gusano metálico subcutáneo en el tiempo?

El Everest se convirtió rápidamente en los anillos de Saturno y vi flaquear mi convicción. Tras un primer momento de mareo (afortunadamente avisado), reposé mientras la enfermera me abanicaba y luego volví a sentirme semi-normal, así que fui a posarme a la sala de espera con mi vasito de glucosa.

Sentadita en un asiento mirando el horizonte hospitalario tuve la sensación y mi cerebro se aferró a ella como si no hubiera otra cosa en el mundo en qué pensar y todo empezó a oscurecerse. Me dije a mi misma "Cintia..." pero el resto de la frase ni yo me lo escuché y se me apagó el mundo.

Cuando me desperté tenía 5 o 6 médicos y enfermeras a mi alrededor. Uno de ellos me tocaba la cara y me pedía  "¿Puede abrir la boca?" y una enfermera me miraba y decía "No cierres los ojos, mirame a mí". Ahí me di cuenta de lo que estaba pasando y creo que logré hacer ambas cosas satisfactoriamente. Bebito me pateaba con todas sus fuerzas desde adentro. Pobrecito, estaría pensando "Algo le pasó a mi envase orgánico... ¡¡eh!! Reviví, Mami...". Entre todos me condujeron a una salita privada con un sillón y yo pensé "Que buen lugar para desmayarme" mientras me daba cuenta que me había tirado encima todo el vaso de glucosa...

Lo que siguió es ya es la parte poco entretenida: vino la consabida pregunta "¿Estás solita?", mi llamada a mi marido, las enfermeras revisándome cada dos minutos como si fuera un perrito abandonado. Luego la glucosa empezó a secarse y a pegotear todo, marido trajo ropa limpia, sobreviví a 3 extracciones sin incidentes, me sacaron la vía (hasta luego, elemento demoníaco) y finalmente me pude ir a casa.

Lo vivo como un pequeño triunfo igualmente. Ay Bebito, las cosas que hace Mamá por vos... hasta los anillos de Saturno, ida y vuelta (con una pequeña siesta en el medio).


domingo, 11 de enero de 2015

Semana 22: Cochecitos, cunas y otras yerbas

Quizás usted recuerde, señora, cuando conté que no sabía lo que era un moisés. Por esta razón, tal vez no sea una completa novedad que tampoco entienda de cochecitos de bebé. Así que allá fuimos, marido y yo, a las tiendas de artículos para bebés a ver que hay que comprar y como nos va a arruinar la capacidad de nuestro pequeño baúl. 

Primero tengo que hacer mención a los nombres. No era de extrañar que las cosas se llamen diferente acá en España. Igualmente me sirve de poco porque tampoco sé, estrictamente hablando, los nombres argentinos, pero al menos me suenan de lejos. No como la palabra "capazo" que designa una parte del cochecito o "carrito" que no sé cómo traducirla al argentino y además me suena a capa enorme. No se imagine a un bebé mosquetero, señora argentina. No es más que el equivalente al moisés nuestro. Creo. Tampoco me confíe mucho.

El huevito es huevito en todos lados, el cambiador también, pero la practi-cuna es aquí "cuna de viaje" y yo aprendí la segunda denominación antes que la primera. Así que ahora digo "cuna de viaje" entre mis amigas embarazadas y quedo como una tarada snob con palabras extrañas. Lo mismo me pasa con la "matrona". De hecho, recuerdo la primera vez que mi prima radicada en Madrid me dijo "matrona" y yo pensé "Decí partera, ridícula"... Y ahora digo matrona yo también. Y capazo. ¡Que horror!

Confundida con mi nuevo vocabulario (como es lógico, por otro lado, estando en el trimestre bobo del embarazo), me desplazo por la vida pre-maternidad como una disléxica oral. Lo que es peor que ser extranjera del todo y hablar directamente en otro idioma.

*

Entramos en los locales de cosas para bebés e intentamos averiguar qué cochecitos tienen y cómo se abren y se cierran. En esto, mi marido es mucho mejor porque el idioma español le fluye con más naturalidad que a mí. Lo que es yo, puedo emitir tranquilamente oraciones como "Me podría enseñar cómo se cierran los cochecitos? Digo, carritos? ...Cómo se achican?". Y después lo miro a mi marido con cara de "¡¿Ayuda?!" y la señora a la que me estaba dirigiendo contesta indefectiblemente con un vocablo nuevo, como "Ah... las sillas de paseo? Si, se pliegan con un moderno sistema..."

Y luego, por muy modernos que fueran los sistemas, nos costó al menos 4 negocios encontrar empleados que sí supieran cómo se pliegan los benditos cochecitos. Era un poco doloroso ver cómo las empleadas se descoyuntaban los dedos para intentar abrir y cerrar los carritos. Y conseguían, quizás a la vez, dos propósitos indeseados: transmitirnos la idea de que no era una operación fácil, por más sistema 1-2-3 que tuviera el cochecito, y romperse alguna uña en el proceso.

Al final dimos con la Meca de los carritos para bebés y en poco menos de una hora (y con una diestra vendedora, por supuesto) vimos abrirse y cerrarse con habilidad decenas de cochecitos. Nos enteramos de pesos, medidas de seguridad, sistemas de plegado, accesorios y hasta de la última moda en mobiliario transporta-bebés. Salimos del local con el curso completo para padres modernos pero inútiles y hasta me animaría a decirle algo, señora, creo que lo voy a lograr sin comprometer ni la integridad de mis uñas ni la salud de Bebito. Que no sería poco...


domingo, 4 de enero de 2015

Semana 21: Club de Mamás de Varones

De a poco me hago la idea de convertirme en parte del selecto grupo de "Mamás de varones". Siempre parecen más fuertes, más decididas y menos propensas a enloquecer. ¿O no es cierto? Cuando me encuentro con una mamá de niños pienso que toda esa sabiduría maternal viene de tener un aro de básket en la casa, de preparar fideos con manteca los domingos al mediodía porque el niño juega al fútbol, de haber aprendido que la Tortuga Ninja violeta se llama Leonardo y para qué sirven los nunchakus... Toda esa sabiduría tiene que traer tranquilidad al mundo. Aunque solo sea para compensar los exabruptos varoniles cuando pasan de ser lindos bebés sonrientes a niños violentos que de pronto preguntan "¿Puedo patear al gato, Mamá?" o "¿Me prestás los fósforos para hacer una cosa...?".

Mis sentidos, por otro lado, van mucho más rápido que mi mente porque ya no dedico ni un segundo a los artículos rosas en los negocios para bebés. Y es verdad que la ropa de nena es más linda pero yo voy a ser mamá de varón. Nada de princesas ni de bijouterie de plástico por ahora. Bastante que Bebito ya va a nacer adicto al olor del esmalte de uñas. Por ahí es algo bueno y me acompaña a hacerme la manicura. O mejor no. Voy a tener que dividir mi tiempo femenino del masculino, como hacíamos con mi hermano cuando éramos chiquitos: media hora de Jem and the Holograms y media hora de Los Caballeros del Zodíaco. Autos, dragones, superhéroes y pelotas. Vamos, Cinti, modo Mamá de varón que somos mucho más cool. ¡¿No?!


domingo, 28 de diciembre de 2014

Semana 20: ¡Bebito es un varón!

De todas las cosas que existen para preocuparse como futura madre primeriza, el sexo de Bebito no era una de ellas. Quizás es porque para la época en que los médicos pueden decirle a una con cierta seriedad de qué sexo es el bebé, hay preocupaciones mucho más importantes... como que dé bien el scan fetal o el análisis para saber qué probabilidades hay de que tenga Síndrome de Down.

En este estado de cosas, mi marido y yo habíamos coincidido en que solo si el médico estaba 99% seguro (creo que no existe esa proporción en la medicina, pero imagínense la más cercana a ese porcentaje que sí exista), solo si el médico estaba casi seguro, íbamos a querer saber el sexo del bebe.

Para cuando finalmente estuve recostada en la camilla viendo a Bebito en una pantalla, casi que nos habíamos olvidado del tema... Un bebé sano movía los bracitos y las piernas y se sacudía para todos lados. Eso era lo más importante.

El médico preguntó "¿Ya saben qué es?" y ahí volvimos a los asuntos terrenales. Respondimos que no y él, cautelosamente, volvió a preguntar "¿Quieren saber?". Nos miramos como quien no sabe la respuesta correcta y contestamos un "Si..." con poca determinación.

Así que puso el cursor sobre la mitad inferior de Bebito e hizo círculos sobre una zona mientras nos decía "¿Esto qué les parece que es?" y nosotros no nos animamos a contestar nada, aunque eran dos bolas de acá a la China. Jamás hubiéramos osado tirar una respuesta tentativa por miedo a traicionar un íntimo deseo o, como sucedió en mi caso desde las primeras semanas, el instinto materno.

"Terrible bostero..." dijo el doctor y yo rápidamente me apresuré a corregir "¡No! De San Lorenzo...". Mi marido me miró con cara de pocos amigos y el médico insistió en que con bolas como esas no podía ser de San Lorenzo y que además ya teníamos al Papa.

Así que Bebito estrenó su género de la mejor manera que existe para un argentino: discutiendo sobre fútbol.



domingo, 21 de diciembre de 2014

Semana 19: Baby Shower


Es claro que mis órganos se están reubicando para hacerle lugar a Bebito. Me los imagino ahí adentro a los codazos para ver a dónde acaban al noveno mes de embarazo. Además, pobre bebe y pobres órganos, les tocó un envase medio pequeño, así que no hay mucho por donde explayarse.

Atrás quedaron los días de los movimientos intestinales normales y de mi ex-cómoda posición para dormir. Yo dormía boca abajo y era tan feliz... No más. Ahora cualquier postura que me apriete la panza por más de unos segundos me provoca náuseas. ¡Náuseas! Y me despierto sin saber si quiero vomitar, si tengo acidez, si me excedí comiendo el fin de semana del Chancho con pelo o qué es lo que me está pasando. Así que le dije "Adiós para siempre" a dormir boca abajo y me voy rotando de posiciones hasta quedar dormida o hasta tener que levantarme para hacer pis, y después empezar todo de nuevo.

Adaptarse, señora... ¡Y se vienen tantas cosas nuevas! Un vistazo de lo que me espera lo tuve cuando mis primas me hicieron el Baby Shower. Para todas aquellas antiguas que no conozcan el término, es básicamente una reunión donde todos festejan que estás embarazada, te regalan cosas hermosas y te humillan en público pero con cariño sobre tu evidente ignorancia en asuntos de maternidad.

Me trauma no saber lo que es un moisés. No sé la diferencia entre el moisés, la cuna y esos cuadrados enrejados donde encerrar a los niños para que no se escapen. No sé por qué necesitaría una toalla con capucha y tampoco sé a qué temperatura tiene que estar una mamadera para ser bebible sin quemar vivo a un infante. La verdad... ¡no sé nada! Así que gracias por tenerme paciencia en el Baby Pictionary, en el juego de Adivinar la Papilla, con las interminables Listas de Nombres. Y sobre todo gracias por no haberse reído de mí cuando abría los regalos y no tenía ni la más pálida idea de lo que eran (es muy feo decirlo pero me consuela que mi marido sabía aún menos que yo). Todo era tan precioso y tan chiquitito que daba ternura... ya iremos averiguando para qué se usa cada cosa.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Semana 18: El que iba a ser mi atuendo navideño / The one that was going to be my Christmas outfit

Español/English

Hacer una valija nunca es fácil y menos si se tiene en cuenta que hay que hacerla para 4 meses de gestación en la que una no sabe cómo va a evolucionar su cuerpo.

¿Jeans sí o no? Casi que no... ¿Biquinis sí o no? Va a ser que sí... (no por reivindicación del cuerpo femenino durante el embarazo, es que solo tengo una malla entera). Nunca pensé que, por ejemplo, los corpiños iban a tener tan poca vida útil en el primer trimestre de embarazo, ni que las pantimedias iban a ser imposibles desde el primer día. Por esto llené mi valija de cosas inútiles.

Cuando llegó la época de las fiestas de fin de año, el que iba a ser mi atuendo navideño ya no me entraba. Me sentí traicionada por la Cinti del pasado. ¿Cómo no se te ocurrió que la remera me iba a quedar corta? ¿Y que el short no me iba a prender? Así que recurrí a lo que recurren todas las mujeres en problemas que no tienen hermanas: a mi Mamá. Armamos un atuendo de lo más aceptable para todos los eventos que siguieron. Adaptarse o perecer en el intento... y, lo que es peor, usando la ropa incorrecta.


Making a bag is never easy and less of all if you have to make it for 4 months of gestation in which you don't know how your body is going to evolve.

Jeans yes or no? Maybe not... Bikinis yes or no? It's going to be yes... (not as a vindication of the feminine body during pregnancy, it's just that I only own one bathing suit). I never thought that, for example, bras where going to have such a short life span during the first trimestre of pregnancy, nor that panty-hoes where going to be impossible from day one. That's why I filled up my bag with useless things.

When the holiday season arrived, the one that was going to be my Christmas outfit didn't fit any more. I felt betrayed by past-Cinti. How didn't you think that the t-shirt was going to be too short? And that the short wasn't going to fasten? So I turned to what all women in trouble that doesn't have a sister turn to: my Mom. We put together an acceptable outfit for all events that followed. To adapt or to perish while trying... and, what's worst, wearing the wrong clothes.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Semana 17: Una mirada vale más que mil palabras / A look's worth more than a thousand words

Español/English 

Volvimos a cruzar medio planeta nuevamente y ya estamos en la Argentina, en casa de los entusiasmados abuelos. Bebito no parece angustiarse demasiado con los vuelos ni con los aeropuertos, creo que es Mamita la que hace más escándalo... que vergüenza.

Atrás dejamos a nuestro médico kiwi, el Dr. Neil y ya tenemos obstetra argentina, la Dra. Laura. Es un poco enquilombado esto de andar cambiando de doctor a cada rato, pero Bebito está teniendo una gestación completamente internacional, como se merece. Así que allá vamos de un lado al otro, con un gran sobre donde están todos los informes y las ecografías, en todos los idiomas posibles.

En este punto considero necesario contar (aunque probablemente mi marido no esté de acuerdo) que en mi segunda visita a la Dra. Laura me sentí una verdadera madre soltera... de esas a las que los médicos le preguntan "¿Viniste solita?" y una contesta con su mejor cara, tratando de no parecer un perrito abandonado, ni una desgraciada, ni tampoco una feminista liberal. 

Aunque afortunadamente no soy una madre soltera y había quedado con mi marido en el consultorio de la obstetra, me encontré sola como un hongo cuando la Dra. Laura me dijo que era mi turno. Sola solita me tiré en la camilla y asentí mientras ella me recetaba hierro, me decía que tengo una buena altura uterina (lo que sea que eso signifique) y escuché los rápidos latidos del corazón de Bebito en un aparato hasta ahora desconocido. 

Sola solita me fui caminando a casa (no tan sola, llevando un bebé en mi vientre... transportando vida, señora). Y después de recibir miles de disculpas en todos los formatos (realmente estoy haciendo teatro, nunca me enojé), vi como mi pobre marido se arrepentía para siempre de haberme abandonado porque se quedó dormido y se prometía nunca más en la vida faltar a una cita médica con la sola mirada reprochatoria que le dirigió mi madre. No había necesidad de continuar la tortura.


We crossed half the Planet again and now we are in Argentina, at the overexcited Granparent's house. Bebito doesn't seem to become much distressed with the flights or the airports, I think it's Mommy who is make a lot more fuss about it... what a shame.

We left behind our kiwi doctor, Dr. Neil, and we already have our Argentinian obstetrician, Dr. Laura. It's a bit messy this thing of changing doctors all the time, but Bebito is having a completely international gestation, as it deserves. So there we go from one place to the other, with a big envelope where all the reports and scans are, in all the possible languages.

At this point I consider necessary to tell (even though probably my husband won't agree) that on my second visit to Dr. Laura I felt like a true single mother... one of those whom the doctors ask "Did you come on your own?" and you answer with your best face, trying not to look like an abandoned puppy, neither a miserable, nor a feminist liberal. 

Even when I fortunately am not a single mother and I did arrange to meet with my husband at the obstetrics office, I found myself alone as a mushroom when Dr. Laura told me it was my turn. Lonely alone I lay back on the stretcher and nodded while she prescribed iron, she said that I had a good cervix height (whatever that means) and I listened to the quick beatings of Bebito's heart in an apparatus unknown until now.

Lonely alone I went walking home (not entirely alone, carrying a baby in my belly... transporting life, madam). And after receiving thousands of apologies in all the forms (really I'm being dramatic, I never became angry), I saw how my poor husband regretted for ever having left me alone because he overslept and how he promised himself never again in his life to miss a doctor's appointment with only one reproachful look my mother gave him. No need to continue the torture.