domingo, 1 de marzo de 2015

Semana 29: Mamás buena onda vs. Mamás mala onda

Cada vez que la profesora de pilates para embarazadas entra en la clase y pregunta "¿Cómo andan, mamás?" alguna contesta "Muy bien" (yo, generalmente) y otra responde "Acá andamos..." con cara de circunstancia.

Y así es durante todo el embarazo. Hay Mamás buena onda y Mamás mala onda. Me gusta pensar que pertenezco a la primera mitad pero debo reconocer que detrás de esta sencilla categorización, suele haber razones. ¿Cuáles? Fundamentalmente cómo se siente una durante estos nueve meses. Eso, y no tu concepto previo de cómo vas a encarar el estado de maternidad, es lo que hace la diferencia.

Imagínense un primer trimestre con náuseas permanentes, vomitando por los rincones, sin poder comer nada... Eso pondría de mal humor a cualquiera, convirtiendo una persona de otra manera agradable, rápidamente en una Mamá mala onda, de esas que en vez de vivir su embarazo como un período lleno de magia, te miran por encima de sus ojeras y te responden "Período mágico, las pelotas". Una embarazada gruñona siempre es divertida.

La verdad sea dicha: tampoco es lo que se dice mágico. Especial sí que es, pero tanto como mágico... tanto como "Estás radiante" y cosas similares... es estirarlo demasiado.

Porque a veces no hace más que empeorar desde las náuseas iniciales. Mi pobre compañera de pilates que contesta "Acá andamos..." puede tener más que suficientes razones para quejarse: existe el estreñimiento y (a la vez, como un chiste de la naturaleza) la diarrea, existe la tendinitis debido al embarazo, la diabetes gestacional, los fuertes dolores en el hueso pélvico, la acidez incendiaria, el síndrome de las piernas cansadas (o, como me gusta llamarlo: la ansiedad en las patas, que es la sensación nocturna de haber corrido una maratón sin moverte de tu cama), existen también bebés que patean todo el tiempo, tus costillas, tu vejiga, existen bebés que intentan escaparse por el ombligo, hay rozaduras, hinchazones, pérdidas, oscurecimientos, ardores, picazón...

Y para todo eso y más, solo se puede tomar Paracetamol, que viene a ser como la Aspirineta que te daban en el colegio cuando te caías en el patio de lajas y te hacías torta las rodillas contra las baldosas: hay que ponerle mucha onda para que funcione.

Aún así, hay Mamás buena onda con los malestares del embarazo y todo... ¿Por qué? Y lo pregunto bien, no con odio sarcástico como lo preguntan algunas. Porque no se crean que ser una Mamá buena onda no tiene su precio: las otras Mamás te discriminan... tu embarazo pasa a ser menos digno si vas por ahí con una sonrisa. Es un período en donde parece que hay que establecer una cuota de quejosidad para que el gozo de traer un niño al mundo no se desborde y parezca una escena de "La novicia rebelde". Embarazadas felices sí, pero tampoco tanto como para que los hombres (y las mujeres que no tienen hijos) crean que está bueno estar embarazada. No sea cosa.

¿Sabe qué, señora? Me da igual, me parece todo una gran estupidez. Esto es lo que hay por ahora: nueve meses de un alien creciendo adentro tuyo y haciendo todo tipo de actividades. A veces en detrimento de tu salud, ¿para qué negarlo? Como el gordo que se sienta al lado tuyo en el colectivo y te ocupa medio asiento o la señora que habla por teléfono a todo volúmen en el subte y no te deja concentrarte en la lectura. Incomodidades de la vida. Si querés ponerle buena onda, vivirlo como una montaña rusa de sensaciones que te sorprenderán a cada paso y en el camino escribir un blog para hacer reír un rato; me parece fantástico. Y sino, siempre podés tomarte un Paracetamol y esperar tiempos mejores.


domingo, 22 de febrero de 2015

Semana 28: En el curso pre-parto

Quizás una de las experiencias más divertidas del embarazo es el curso pre-parto. O, hablando con propiedad ibérica, el curso de preparación al parto.

La absoluta ignorancia sobre procesos como la dilatación o la lactancia puede contribuir a hacerlo aún más divertido. Pero no necesariamente la propia, la de sus compañeras o, mejor aún, la de las parejas...

Aclaración aparte: he notado en los profesionales de la salud españoles que rodean al embarazo un rechazo casi patológico a decir "marido", "esposo" o equivalentes. Se oye mucho más la expresión "tu chico" o, neutralizando al máximo las relaciones intra-domésticas "tu pareja".

Yo, que estoy condenada a pensar como abogada para siempre, voy a seguir refiriéndome a mi marido como "mi marido". En parte porque suena distinguido (o no, señora?) y por otro lado, porque me da derechos sucesorios, patrimoniales y sociales sobre su persona. De ahí el pronombre "mi". Simplemente no me convence denominar "mi chico" a quien tiene la potestad de desenchufarme si estoy en coma. No querría predisponerlo mal... Y ahora que lo pienso, también voy a agregar "querido" a la fórmula. A ver si piensa usted que por ser marido no lo quiero tanto. Mi querido marido. Mío. Querido. Y legalmente responsable.

Como decía una querida amiga "¡Que hablar bien no cuesta una mi*rda y da un beneficio de la p*ta madre!"

Aclarado el tema vocabulario, paso a continuar con el relato: La primera clase del curso pre-parto nos sorprendió con una amplia concurrencia, sobre todo con una enorme cantidad de padres (o figuras biológicamente masculinas de paternidad asumida y aparentemente responsables por los fetos que se están desarrollando en el vientre de sus acompañantes).

La matrona volvió a intentarlo con las preguntas sin respuesta que, en realidad, tienen múltiples respuestas pero son todas incorrectas. Sea cual fuere la respuesta, su reacción es siempre la misma: "mmmno..." con la cabeza ladeada y todo. Yo ya había aprendido este truquito de la hábil señora así que ni intenté responder nada. Pero me tomó 3 clases convencer a mi querido marido de que no había respuesta correcta a sus preguntas (él no puede resistirse a una demostración pública de conocimiento). Recién la última clase dijo en voz baja, como intentando ayudar a sus compañeros de armas "No contesten, es una trampa" pero la concurrencia no hizo caso.

El problema de la falta de fluidez en la dinámica del curso no solo responde a las preguntas incontestables de la matrona (y conste que ella espera pacientemente y escucha hasta 3 o 4 respuestas incorrectas cada vez), también contribuyen a esta incomunicación las aportaciones de las futuras mamás y papás.

La peor que escuché hasta ahora (porque tampoco vamos a estar riéndonos de mis pobres compañeras y sus dudas perfectamente válidas) fue la siguiente:

La matrona estaba explicando cuándo debíamos ir al hospital porque estamos de parto. Contaba sobre la bolsa rota, un sangrado, el líquido amniótico... y decía que las primeras horas no se hace mucho, así que no hay necesidad de salir corriendo al hospital. "Podemos darnos una ducha y revisar el bolso con tranquilidad antes de salir de casa", decía. Y entonces, una de las concurrentes preguntó: "¿Hay una hora límite para ir al hospital?"

No sé lo que le respondió la matrona porque ahí yo desconecté, incapaz de dejar de imaginarme la hora límite de la que hablaba mi compañera futura mamá. ¿Hora límite? Claro, señora, si usted ve que el niño se le salió del cuerpo, ya ni vaya a la sala de parto. El trabajo está hecho.

O peor: ¿Hora límite? Pues va a ser que sí. Si usted no se presenta en el hospital durante las primeras 12 horas, ya no vaya porque no la admiten. Y tiene que dar a luz en el parquecito frente a la sala de maternidad. Lo bueno es que después sí que puede ingresar con su bebé a pediatría directamente.


domingo, 15 de febrero de 2015

Semana 27: El suelo pélvico

De todas las instrucciones que esperaba escuchar en pilates (y le admito que a veces me parecen confusas, de hecho, suelo tener miedo de enredarme entre las poleas de los brazos y las de las piernas y que me tengan que llevar así, hecha un nudo humano, a la sala de emergencias. Y que, para peor, en pleno proceso de extracción de mi organismo de la cama de pilates, se me escape un gas)... En fin, es un miedo con el que vivimos todos, ¿no?

Volviendo al tema, de todas las instrucciones que esperaba escuchar en pilates, quizás la más extraña fue "Contrae la vagina", sobretodo porque vino seguida de otra igualmente delicada: "Ahora, contrae el ano". Todavía un poco apabullada porque mi profesora dijera "vagina" y "ano" en voz alta (que básica que es una, por favor) procedí a contraer lo que buenamente pude de mi zona pélvica...

Si le voy a ser sincera, lo de contraer alternativamente una cosa y la otra, todavía me tiene intrigada. Yo concentro todas mis ondas cerebrales y contraigo. Contraigo pies, dedos, aprieto los dientes y aún así, no sé si estoy logrando mi cometido. Después de un rato, los músculos de mi suelo pélvico se adormecen (estarán podridos de mis instrucciones contradictorias) y me da la sensación que ya no hacen nada de nada.

"Los ejercicios del suelo pélvico son muy importantes" dijo la matrona y yo no podría estar más de acuerdo, pero la zona no está reaccionando a mis órdenes como yo desearía.

Indígnese tranquila, señora, porque el suelo pélvico y sus músculos son los responsables de mantener en su sitio al útero, la vejiga y los intestinos. Y tener un suelo pélvico saludable implica una mejor preparación para el parto y una pronta recuperación en el pos-parto, incluyendo evitarse (en la medida de lo posible) problemas como la incontinencia urinaria y el estreñimiento.

Pero, ¡que indignación! que una tenga que entrerarse de la existencia del suelo pélvico recién ahora, a escasos meses de someterlo a una de esas aventuras inolvidables. ¿Por qué, digo yo, me hacían hacer esquemas mongoloides con cintas y pelotas en la hora de gimnasia del colegio y no me enseñaban a contraer la vagina y el ano alternativamente? Con lo útil que me habría sido ahora mismo, que me siento una disminuida cerebral cada vez que la profesora da una de esas instrucciones.

Ya está, mi suelo pélvico está finalmente en acción y Bebito colabora porque cuando hago como que contraigo (aunque en realidad no sepa lo que está pasando ahí abajo), él patea insistentemente como diciendo "Bravo, Mami, ¡algo hiciste!". Gracias.



domingo, 8 de febrero de 2015

Semana 26: Los sueños insólitos

Convengamos que mis sueños siempre han sido un poco insólitos. Ya estoy acostumbrada. Tráiganme desastres naturales, zombies y terribles persecuciones y yo dormiré como un angelito. Se ve que el estrés del día lo descargo gritándole "¡Suban a la camioneta!" a mis compañeros de sueño mientras una marea de lava ardiente inunda la calle principal, o bien, corriendo a toda velocidad por los patios de casas ajenas mientras me persigue un vampiro.

A propósito de esto, quería hacer una reflexión: he descubierto que en los sueños puedo volar si la velocidad de mis piernas se me queda corta (lo cual suele suceder a menudo). Vuelo por el aire como quien nada; cuanto más me impulso, más lejos llego. Téngalo en cuenta, señora, e inténtelo en sus próximos sueños, ver si a usted también le funciona.

Pero lo que nos concierne esta semana: El síndrome de los sueños extraños, aparentemente, es otro de los síntomas que acompañan al embarazo. Por lo tanto yo, con semejante historial, estaba esperando ver qué era lo que creaba mi mente para cumplir con el cometido "sueños extraños durante el embarazo". Me sorprendió. El cerebro es algo alucinante.

Resulta que tenía a un bebé y era sano y arrugadito como debe ser... pero (¡Oh! Sorpresa) solo dejaba de llorar cuando lo metía en mi cartera. Así que me elegía las carteras más amplias y ponía ahí a Bebito, entre los anteojos de sol, la billetera y los pañuelitos descartables. Y él se quedaba tan felizmente. Cada vez que abría la cartera, me miraba ceñudo temiendo que lo sacara de ahí adentro. Y si pasaba mucho tiempo con la cartera abierta, se ponía a llorar y fruncía toda su carita de bebe. Ahora que lo pienso, se parecía un poco a Dobby, el de Harry Potter. Una mezcla casi indivisible entre adorable y creepy.

Pero lo más gracioso del síndrome de los sueños extraños es que se contagió al padre (de todos los síntomas que se podía contagiar, éste puede que sea el más inofensivo, así que se lo permito). Mi marido, también conocido como "el papá de Bebito", soñó que su hijo nacía... negro. ¡Negro! Ahí les dejo una pesadilla recurrente de los hombres (de los hombres blancos, evidentemente. ¿Los padres negros tendrán pesadillas con bebés blancos?).

Aunque usted señora se anime tímidamente a asociar el sueño de mi marido al miedo que tienen los hombres a que su hijo no sea suyo; yo, conociéndolo un poquito más que usted, le diría que va asociado al íntimo deseo de mi marido desde la adolescencia de ser de raza negra. Quizás soñó en realidad con un hijo que al fin lograba lo que él no. Un caso a la inversa de Michael Jackson pero que puede implicar problemas mentales igualmente.

Yo, que nunca deseé ser de ninguna otra raza en particular (bastante tenía ya con ser de los pocos latinoamericanos que no lo parecen y crean confusión donde quiera que vayan), me quedo tranquila. Porque, como decía un viejo profesor de Derecho Romano "Mater semper certa est".


domingo, 1 de febrero de 2015

Semana 25: Mi plan de parto es...inexistente

"Tiene que ponerse en contacto con su matrona para hacer el curso de preparación al parto..." dijo el Dr. español cuyo apellido no me acuerdo pero que suena a Goebbels (y aunque es un señor muy ario en sí mismo, dudo que lo hubieran aceptado en las SS porque siempre anda con la camisa abierta hasta la mitad del pecho, un comportamiento inaceptable para gente tan puntillosa como los nazis). 

A mi Centro de Salud fui en busca de mi matrona que resultó ser una de estas señoras dulces que hablan muy lentamente, ladean la cabeza y sonríen al vacío. Asocié su actitud a una excesiva cantidad de bebés en su vida y, tal vez, a alguna medicación. Después de repasar conmigo la lista de los alimentos desaconsejados (que son muchos y me restringen terriblemente la dieta mediterránea que tan sana era anteriormente), me anotó para el curso de preparación al parto (asumo que es el homólogo a nuestro curso "pre-parto" solo que con nombre completo).

Antes de irme se me ocurrió hacerle algunas preguntas que tenía... Maldigo el momento. Inmediatamente ella me contestó con otras del estilo "¿Qué sabés de la epidural?" y "¿Cuál es tu plan de parto?". No le gustó cuando le respondí respectivamente "No mucho" y "Solo evitar la cesárea en la medida de lo posible". Ladeó la cara y me sonrió condescendientemente. Y con esa mirada reprochatoria socialmente aceptada que tanto odio me quiso decir "Piba, vos no tenés ni idea". 

¡Y no la tengo, señora! Pensé que para eso era el curso pre-parto... ¡Perdón! El curso de preparación al parto. ¿O requiere conocimientos previos? Le puedo decir ya mismo, sin miedo a equivocarme dónde tengo a Bebito, qué parte de mi cuerpo voy a usar para la lactancia y qué orificio se va a resentir un poco cuando el bebé venga a este mundo. 

Solo respondí correctamente a la pregunta sobre si iba a amamantar. Al contestarle que sí, exclamó un "Muy bien" y yo como una tarada me sentí pre-aprobada por el sistema sanitario español para traer un niño al mundo. Porque ser el receptáculo de la tarea de reproducción humana en la naturaleza, evidentemente, ya no es suficiente. En clara desigualdad de condiciones con respecto al resto de embarazadas del mundo (o al menos, así lo sentí en el momento), me fui cabizbaja del centro de salud con una última recomendación, la peor: leer un libro.


domingo, 25 de enero de 2015

Semana 24: Primeras cosas de embarazada

Estar embarazada de 24 semanas en invierno es una angustia, porque es muy difícil mostrarle la panza al mundo y que la reconozcan a una por la calle como lo que es: el envase de un hermoso Bebito.

Así que todavía no espero que me cedan los asientos espontáneamente en el subte, ni que me hagan las típicas preguntas que despertamos las embarazadas en perfectos desconocidos. Cosas del estilo de "¿De cuánto estás?" o "¿Ya sabes si es niño o niña?" parecen ser las preocupaciones más frecuentes.

No, señora que acabo de conocer en la farmacia, no le voy a contar que este hierro que estoy comprando y que me tengo que tomar todas las mañanas, me evita la anemia a la vez que vuelve mis deposiciones negras (o más precisamente, verde oscuro... ¿pero quién estaría tan atenta a la gama de colores?).

Pero sí, señora depiladora peruana, por supuesto que le cuento que es un varón, en parte porque no sabría cómo eludir la pregunta y por otro lado porque me encanta charlar mientras Ud. me está depilando mis zonas íntimas.

Bueno, sacando las raras preguntas de los desconocidos, yo estoy empezando a actuar definitivamente como embarazada. En realidad, como siempre pensé que actuaban las embarazadas: con una mezcla entre urgencia urinaria permanente y felicidad/desdén por todo lo que no sea el bebé.

Mi primer acción oficial como embarazada en ámbito social (me refiero a algo que jamás hubiera hecho de otro modo) estuvo relacionada con la urgencia urinaria y consistió simplemente en meterme en el baño de hombres de un centro comercial. El de mujeres (debo aclarar que eran individuales) estaba ocupado y yo ya llevaba demasiado tiempo haciéndome pis. Así que pensé "¡Qué demonios...!" (pensamiento más relacionado con la segunda característica: la felicidad/desdén hacia el mundo exterior). Me sentí como conquistando una barrera mental.

El feminismo es eso (para las que tengan dudas): es entrar en el baño de hombres cuando una está embarazada y tiene una urgencia. El slogan sería "Somos todos iguales, pero en caso de urgencia, gana mujer embarazada haciéndose pis. ¡A aguantársela!" Estoy segura que en ese simple acto logré más que en años de voto femenino en muchos países.

Siento que es tan solo la primera de las muchas barreras que traspasaré en mis aventuras con Bebito. Las mamás del mundo estarán enumerando, pero tampoco es hace falta, señoras...

***

Ahora estoy en la etapa (parte inseparable del trimestre bobo del embarazo) en que me toca recalcular las dimensiones de mi nuevo cuerpo porque me hago la viva y pretendo pasar por lugares por donde, evidentemente, ya no paso.

Cuando digo "No te muevas, que paso..." y me llevo puestas sillas y mesas alternativamente con la panza o con el pompis, me siento como una gorda torpe o un adolescente invertebrado. Hasta he llegado a derribar vasos ajenos con contenido. Una vergüenza. 

Para colmo de males, además de la humillación pública de no saber dónde termina tu propio cuerpo, después me entra la culpa cuando pienso que Bebito va a nacer lleno de moretones. Dale un tiempito a Mami y ya te dejará de chocar contra los muebles. Espero.


domingo, 18 de enero de 2015

Semana 23: El Test de la Glucosa

Para esta altura sabrá que Bebito es un niño de gestación internacional y, como tal, tuvo ya más médicos que meses de vida. No contábamos con que, además, cuando llegáramos a España nuestro obstetra estaría de vacaciones y por lo tanto fuera otra la médica que nos mandara a hacer los análisis, entre ellos, el de la glucosa (que ahora sé que es medio importante).

Vaya a saber uno qué habrá pasado entre mi médico nazi y la que nos atendió al principio, pero resulta que al Dr. Goebbels no le gustaron los resultados de los análisis (de hecho llamó la médica con un vocablo indescifrable que después mi marido dijo que era el equivalente español a "pijotera") y me mandó a hacer el de Test de la Glucosa extendido. Se llama algo así como "glucosa de 100ml" y consiste en ir a pasarse un bonito día al laboratorio.

Me explico (para las que desconozcan): después de sacarle sangre a una y de tomar un líquido glucósico en ayunas (que es como el almíbar de los duraznos pero sin el dulce de leche), el personal de enfermería procede a extraerle sangre cada hora pero no una vez, ni dos veces... sino hasta tres veces para comprobar cómo absorbe el organismo la glucosa. Mi cerebro poco hábil para las matemáticas hizo este cálculo terriblemente rápido (se ve que el pánico agudiza los sentidos en serio): 4 pinchazos en total. Un verdadero desafío para mí... Mi Everest de las extracciones de sangre hasta ahora.

Quizás debería haber empezado por el principio: odio las agujas. Aún más que las arañas porque éstas no se me introducen en el cuerpo (ufff... ahí le dejo una imagen mental para no dormir). Las agujas y yo no nos llevamos bien desde un verano en que casi tengo hepatitis y me sacaron sangre muchas veces para comprobarlo...y de ambos brazos porque mis venitas estaban tan encogidas del miedo que ni sangre tenían.

Pero déjeme aclarar este miedo, señora, porque me lo confunden constantemente con el vulgar miedo al pinchazo y no es eso. El pinchazo es feo y antinatural pero pasa sin pena ni gloria para mí. Lo que me desconfigura todo el sistema operativo es cuando me sacan la aguja del brazo y yo la siento: esos minúsculos milímetros de metal deslizándose como una lombriz sanitaria entre mi piel. Es esa sensación la que me saca abruptamente del mundo de los conscientes y me lleva al de los sueños, que es mucho más lindo. Y para colmo,  mi mente no para de reproducirme esa sensación para torturarme y con la idea de devolverme al mundo de los desmayos otra vez, aún muchos minutos después del hecho.

Gracias a un serio trabajo de mentalización, las últimas 2 veces había logrado sacarme sangre y salir victoriosa (y, más importante, consciente) del laboratorio. Pero esta vez, como le advertí, me enfrentaba al Everest de las extracciones.

Allá estaba yo en el hospital, en ayunas y reconciliada con mi destino (la fatalidad obra de manera calma en mí, por suerte) y al fin me tocó el turno, estiré el bracito y de pronto la enfermera me dijo "Voy a dejarte puesta una vía, para que sea más fácil". ¡¿Una vía?! ¿Qué instrumental de tortura moderno es aquel que extiende la temible sensación del gusano metálico subcutáneo en el tiempo?

El Everest se convirtió rápidamente en los anillos de Saturno y vi flaquear mi convicción. Tras un primer momento de mareo (afortunadamente avisado), reposé mientras la enfermera me abanicaba y luego volví a sentirme semi-normal, así que fui a posarme a la sala de espera con mi vasito de glucosa.

Sentadita en un asiento mirando el horizonte hospitalario tuve la sensación y mi cerebro se aferró a ella como si no hubiera otra cosa en el mundo en qué pensar y todo empezó a oscurecerse. Me dije a mi misma "Cintia..." pero el resto de la frase ni yo me lo escuché y se me apagó el mundo.

Cuando me desperté tenía 5 o 6 médicos y enfermeras a mi alrededor. Uno de ellos me tocaba la cara y me pedía  "¿Puede abrir la boca?" y una enfermera me miraba y decía "No cierres los ojos, mirame a mí". Ahí me di cuenta de lo que estaba pasando y creo que logré hacer ambas cosas satisfactoriamente. Bebito me pateaba con todas sus fuerzas desde adentro. Pobrecito, estaría pensando "Algo le pasó a mi envase orgánico... ¡¡eh!! Reviví, Mami...". Entre todos me condujeron a una salita privada con un sillón y yo pensé "Que buen lugar para desmayarme" mientras me daba cuenta que me había tirado encima todo el vaso de glucosa...

Lo que siguió es ya es la parte poco entretenida: vino la consabida pregunta "¿Estás solita?", mi llamada a mi marido, las enfermeras revisándome cada dos minutos como si fuera un perrito abandonado. Luego la glucosa empezó a secarse y a pegotear todo, marido trajo ropa limpia, sobreviví a 3 extracciones sin incidentes, me sacaron la vía (hasta luego, elemento demoníaco) y finalmente me pude ir a casa.

Lo vivo como un pequeño triunfo igualmente. Ay Bebito, las cosas que hace Mamá por vos... hasta los anillos de Saturno, ida y vuelta (con una pequeña siesta en el medio).